¿Y SI LA BELLEZA FORMARA PARTE DEL PROGRESO?
Volver al reino de lo valioso en sí mismo sería la gran alternativa frente al utilitarismo y supondría una redefinición humana del progresoLa idea de progreso se suele asociar, en esta época, con utilidad. Algo es valioso cuando es útil, produce resultados cuantificables, al coste más bajo y en el menor tiempo posible. Justamente todo eso lo ofrece la inteligencia artificial. La cuestión es saber qué espacio dejará a lo humano el avance arrollador de ese tsunami.
A este respecto, León XIV ha expresado en la encíclica Magnifica humanitas su preocupación por la difusión de «una visión antihumana» que exalta la eficiencia como medida de valor y reduce al ser humano a un recurso productivo. Ha instado a compensar el hipertrófico crecimiento del poder tecnológico con la atención a otras dimensiones del ser humano, comenzando por el descubrimiento del rostro del otro y la atención a sus necesidades.
Distintos artistas proponen dejar de identificar el progreso
con el crecimiento voraz y empezar a valorar más acciones como cuidar,
mantener, preservar, regenerar. En este sentido, la belleza, es decir, el reino
de lo valioso en sí mismo, sería la gran alternativa frente al utilitarismo y
supondría una redefinición humana del progreso. Lo bello no necesita poner nada
nuevo en el mundo para ser digno de estima: está ahí de forma gratuita y es
deseable por sí mismo.
En su Historia de la idea de progreso, el
sociólogo Robert Nisbet muestra que la convicción de que la humanidad
avanza hacia un futuro mejor no fue un invento de la época moderna, sino que ha
estado siempre en el pensamiento occidental. Desde la antigüedad clásica hasta
buena parte del siglo XX, la noción de progreso ha adoptado distintas formas:
unos lo identifican con el avance del conocimiento; otros, con la expansión de
la libertad, la igualdad, la justicia y el bienestar; otros, con la capacidad de
perfeccionar la condición humana, etc.
¿Cuál es la idea dominante de progreso hoy día? ¿Qué
ingredientes tiene? En mi opinión, esta idea puede resumirse en tres creencias
básicas:
—Algo es valioso cuando es útil.
—Algo es útil cuando produce resultados cuantificables o
beneficios económicos.
—Algo representa un avance respecto de un estado de cosas
previo cuando permite obtener esos beneficios al coste más bajo y en el menor
tiempo posible.
Estas tres ideas-fuerza crecen, como poderosas raíces, en
todas las direcciones y, poco a poco, van nutriendo la vida social con otras
tantas creencias: si no se puede medir, no existe; cuanto más produces, más
vales; la cantidad es más rentable que la calidad (y, por eso, la velocidad
está mejor vista que el trabajo bien hecho); el fin justifica los medios, etc.
Tomadas de forma aislada, sin contexto, estas afirmaciones
no siempre son populares e incluso pueden producir rechazo a muchos. Pero no es
disparatado suponer que, de hecho, tienden a orientar nuestros comportamientos
cotidianos más de lo que quizá nos gustaría. Y tampoco es exagerado pensar
que esas creencias han ido cristalizando en un sentido común, en una nueva
normalidad intelectual que forma parte del ADN de nuestro tiempo: la mentalidad
utilitaria.
Hay un tercer elemento en la ecuación: la idea de progreso y
la mentalidad utilitaria que está en su base encuentran un potente aliado en la
inteligencia artificial (IA). Cuesta imaginar otra herramienta que pueda
ofrecer todo lo que esa idea y esa mentalidad persiguen: utilidad,
rentabilidad, rapidez, eficacia, etc.
Con estas premisas en mente, podemos aventurar que la IA
seguirá teniendo cada vez más peso en nuestra sociedad. Eso se da por hecho. La
cuestión es saber qué espacio dejará a lo humano el avance arrollador de ese
tsunami que es hoy la combinación de la idea de progreso, la mentalidad
utilitaria y la fascinación por la IA.
Es una de las grandes preocupaciones que expresa León
XIV en Magnifica Humanitas, una encíclica cuyo tema
principal no es la IA, sino «qué significa custodiar lo humano» y cómo podemos
construir la historia para que el progreso sea un bien para todos. Al papa no
le inquieta solo el mal uso de esta u otras tecnologías, sino sobre todo la
difusión de «una visión antihumana» —el «paradigma tecnocrático»— que exalta la
eficiencia como medida de valor y reduce al ser humano a un recurso productivo,
a «un proyecto que debe optimizarse» para servir mejor al crecimiento
económico.
Repensar qué es lo valioso
Una forma de potenciar lo humano y de abrir una grieta en el
mastodóntico muro de esa visión del mundo es introducir nuevos criterios de
estimación en nuestro entorno. No se trata de declarar la guerra a la utilidad
y a la eficacia, sino de mostrar la superioridad de otros parámetros.
Es lo que hace el propio León XIV en su encíclica cuando
insta a compensar el hipertrófico crecimiento del poder tecnológico con la
atención a otras dimensiones del ser humano. «La calidad de una civilización no
se mide por el poder de los medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por
la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función». Y baja a lo
concreto para mostrar que el progreso de una sociedad también tiene que ver con
acciones como «leer cuentos a un niño, acompañar a una persona anciana o hacer
acogedor un espacio».
Son muchos los intelectuales que llevan tiempo insistiendo
en esta idea. La artista plástica Jenny Odell, por ejemplo, propone dejar
de identificar el progreso con el crecimiento voraz —con el empeño constante
por «poner algo nuevo en el mundo»— y empezar a valorar más acciones como
cuidar, mantener, preservar, regenerar… En la misma línea, la
socióloga María Ángeles Durán preguntaba: «¿Merece el nombre de
riqueza o desarrollo un crecimiento que destruya el cuidado o margine a la
población que cuida, el cuidatoriado?».
También Benedicto XVI quiso ensanchar la idea de
progreso introduciendo la dimensión ética: para hacer avanzar a una sociedad no
solo hacen falta conocimiento y poder, como dicen los modernos, sino también el
bien. Se trata de preguntarse: «¿Qué es bueno? ¿Hacia dónde el conocimiento
debe guiar el poder?».
Lo bello, un camino a la vida abundante
Me gustaría añadir otro criterio de estimación que corrija
la idea de progreso que tenemos hoy día. En mi opinión, esta ganaría en
humanidad si prestáramos más atención a la belleza, que es el reino de lo
valioso en sí mismo.
¿Qué aporta la belleza a la noción de progreso? Básicamente,
una medida de lo valioso alternativa al utilitarismo. Si la mentalidad
utilitaria otorga valor a las personas, a las actividades y a las cosas en
función del beneficio inmediato que procuran, la belleza nos recuerda que hay
realidades que son bienes en sí mismos.
De esta forma, el amor a la belleza nos invita a pasar de la
ansiosa búsqueda de resultados prácticos al sereno disfrute de lo que ya es
suficiente. Lo bello no necesita poner nada nuevo en el mundo para ser
digno de estima: está ahí de forma gratuita, y es deseable por sí mismo.
Por eso, explica el pintor Makoto Fujimura, el hábito de zambullirnos
en experiencias estéticas nos conecta con nosotros mismos y con el sentido de
la vida; nos hace pasar «de la supervivencia a la satisfacción»; del
constreñimiento del espíritu a la holgura y la abundancia.
A la vez, el amor a la belleza introduce un nuevo ritmo en
nuestra vida y en la sociedad. «Cuando nos encontramos con la belleza
—añade Fujimura—, queremos pararnos y participar de su descanso». Queremos
deleitarnos con lo que generosamente se nos regala.
Frente a la obsesión por poner continuamente cosas nuevas en
el mundo, el amor a la belleza nos enseña a frenar y a apreciar más lo que hay,
a contemplar con asombro, a crecer hacia adentro.
Termino con dos versos de Antonio Praena, que sirven de
puerta de entrada a esta nueva visión del progreso: «Queda mucha belleza por
venir, / porque es mucha la belleza presente».

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