LA GEOGRAFÍA DE LA CONVIVENCIA
Bares, hospitales
y todo lo que sucede entre medias
Una amiga me reenvía una newsletter sin añadir apenas contexto. No me explica qué espera que piense, ni subraya una frase, ni acompaña el gesto con una larga recomendación; simplemente me la hace llegar. Podría parecer algo menor, una acción de pocos segundos condenada a desaparecer bajo la siguiente notificación, pero hay en ella una forma discreta de atención que quizá hemos aprendido a valorar demasiado poco: pensar en alguien mientras leemos, reconocer en unas ideas la huella de sus preguntas, detenernos y decidir que merece la pena compartirlas. El otro sigue existiendo cuando no está delante. Su voz deja sedimento. La conversación, de algún modo, continúa trabajando a distancia.
La newsletter era de Andreu Peiró y giraba alrededor de un artículo titulado España contra todo pronóstico. El punto de partida tenía la eficacia provocadora de los buenos anzuelos: en España hay más bares que camas de hospital.
La comparación permite la broma fácil, pero Peiró la utiliza para otra cosa. No defiende que debamos cambiar hospitales por tabernas ni pretende explicar la longevidad española por el número de barras donde apoyamos el codo. El bar aparece como emblema de un espacio intermedio entre el hogar y el trabajo, un lugar donde la vida social puede ocurrir sin convocatoria previa, sin agenda compartida, sin tener que justificar demasiado la presencia.El correo avanzaba después hacia la amistad, la naturaleza,
la crianza, la comida hecha a fuego lento y el juego con los niños; en el
centro aparecía un amigo al que Peiró llama «el hombre que dibujaba a los
caballos», alguien capaz de cuidar lo que crece, reunir a otros alrededor de
una mesa y relacionarse con la naturaleza sin reducirla a recurso. Todo
confluía en una intuición sencilla: quizá hemos olvidado hasta qué punto vivir
también consiste en estar vinculados.
La imagen del bar funciona precisamente porque no debe
tomarse al pie de la letra. España no vive más porque tenga muchos bares, del
mismo modo que una sobremesa no cura una infección ni una amistad sustituye una
cama hospitalaria. La esperanza de vida depende de una trama compleja de
atención sanitaria, condiciones materiales, vivienda, educación, alimentación,
trabajo, protección social, hábitos, desigualdades y vínculos. Convertir
cualquiera de esos elementos en explicación soberana sería confundir una
metáfora fértil con una demostración.
Pero la precisión no invalida la intuición; la coloca en su
sitio. El bar puede ser una taberna, aunque también una plaza, una biblioteca,
un mercado, la puerta de un colegio, una parroquia, una asociación vecinal, un
banco bajo un árbol, el pequeño comercio donde alguien pregunta por nosotros si
faltamos varios días o una mesa doméstica que no se levanta en cuanto termina
la comida. Son lugares donde la convivencia adquiere cuerpo, horarios, rituales
y memoria; espacios donde uno puede permanecer sin convertir cada minuto en
rendimiento y donde la presencia de los demás no necesita pasar siempre por la
intimidad ni por una relación previamente concertada.
La comunidad necesita esa clase de geografía. No existe
únicamente como valor o palabra noble; necesita recorridos repetidos, caras
conocidas, bancos, sombra, puertas abiertas, conversaciones que nacen sin
motivo y una cierta disponibilidad para perder el tiempo. Podemos hablar con
decenas de personas al día, responder mensajes, asistir a reuniones,
intercambiar audios y llegar por la noche con la sensación de no haber estado
realmente con nadie.
Nunca habíamos dispuesto de tantos instrumentos para
comunicarnos y, al mismo tiempo, la mediación puede ocupar el lugar del
encuentro hasta hacernos creer que son equivalentes. No lo son. Una pantalla
sostiene afectos que la distancia haría imposibles; pero un cuerpo presente
sigue haciendo cosas que ningún icono reproduce por completo. Percibe el
silencio, nota el cansancio en una cara, sirve un poco más de comida, espera,
se queda.
También hemos estrechado nuestra idea de salud. Hemos aprendido
a nombrar con precisión la tensión arterial, el colesterol, las horas de sueño,
el número de pasos, la dieta, el ejercicio, el tabaco o el alcohol. Conviene
que sea así: el organismo tiene necesidades concretas y la prevención salva
vidas —aunque no siempre—. La dificultad aparece cuando esa exactitud convive
con una pobreza llamativa para describir las condiciones relacionales en las
que una vida consigue sostenerse. Sabemos cuánto caminamos; nos cuesta decir
quién esperaría nuestra llegada. Medimos el descanso; rara vez preguntamos si
alguien tiene con quién compartir el peso de sus días. Registramos marcadores y
hábitos, pero dejamos fuera una pregunta mucho más incómoda: ¿quién notaría
nuestra ausencia?
¿Qué ocurre cuando reducimos la salud al comportamiento de
un organismo individual? Queda fuera la persona mayor que toma correctamente su
medicación y puede pasar jornadas enteras sin hablar con nadie; el adolescente
con sus necesidades materiales cubiertas que no encuentra un lugar donde sentirse
parte; la madre o el padre que conoce todas las recomendaciones sobre crianza
y, sin embargo, cría exhausto, sin red; quien trabaja, cumple, organiza su vida
con una eficacia impecable y descubre que no tiene a quién telefonear cuando
algo se rompe de verdad. La autonomía
humana no consiste en no necesitar a nadie. Consiste, más bien, en poder
necesitar sin quedar sometido; participar en relaciones de dependencia que no
humillen ni asfixien; sostener y ser sostenido sin que esa reciprocidad se
convierta en deuda permanente.
Por eso la soledad no puede reducirse a un defecto privado
que cada cual deba resolver aprendiendo a socializar mejor. Hay soledades
elegidas que protegen; también aislamientos que nacen de ritmos laborales,
ciudades hostiles, pérdidas o precariedad. Del mismo modo, no toda comunidad es
buena por el mero hecho de ser comunidad. Puede cuidar y vigilar; dar arraigo y
exigir obediencia; ofrecer refugio y expulsar al diferente. La cuestión
consiste en preguntarnos qué vínculos
permiten respirar y qué condiciones hacen posible que aparezcan.
El texto de Peiró me interesa también por otra razón. Frente
a la obsesión contemporánea por convertir cada dimensión de la existencia en un
proyecto de optimización, devuelve valor a actividades que no necesitan
demostrar para qué sirven. Dormimos para rendir mejor; caminamos para alcanzar
un objetivo; comemos para corregir marcadores; meditamos para ser más
eficientes; descansamos con la obligación secreta de regresar convertidos en
una versión mejorada de nosotros mismos. Incluso la amistad puede terminar
formulándose como recomendación de autocuidado, otro hábito saludable que
incorporar a la agenda.
Hay algo profundamente triste en esa traducción. La amistad
no necesita justificar su existencia porque reduzca un riesgo; jugar con un
niño no vale porque disminuya el estrés; cocinar para otros no se vuelve digno
porque algún estudio encuentre una correlación favorable. Podemos medir los
efectos de muchas de estas cosas y hacerlo nos ayuda a comprenderlas, pero lo
medible no adquiere por ello el derecho de definir todo lo valioso. Algunas experiencias sostienen la vida no
porque la prolonguen, sino porque hacen que queramos habitarla.
El «hombre que dibujaba a los caballos» encarna esa
intuición sin necesidad de convertirla en teoría. Su relación con la
naturaleza, tal como la cuenta Peiró, no es la del decorado donde ir a
desconectar durante unas horas, sino la de quien ha aprendido que la vida depende de aquello que no controla.
Suelo, clima, animales, tiempo, trabajo ajeno, cuidados. Nadie se alimenta
solo. Nadie llega a adulto sin haber sido sostenido. Nadie construye
enteramente con sus propias manos el mundo que habita. Depender no es una anomalía de la condición humana; es su punto de
partida.
El niño que obliga al adulto a volver al suelo para jugar a
Batman y el Joker introduce la misma verdad desde otro lugar. Jugar es aceptar
durante un rato que el mundo no tiene que producir nada: no hay objetivo,
indicador ni rentabilidad. Hay una presencia compartida que se justifica a sí
misma.
De ahí que la comparación entre bares y hospitales resulte
más interesante cuando deja de ser una comparación. Necesitamos hospitales,
buenos profesionales, servicios sólidos, investigación, prevención y recursos;
necesitamos también barrios donde se pueda permanecer, horarios compatibles con
el cuidado, bibliotecas, parques, mercados y pequeños espacios de encuentro.
Una cosa no sustituye a la otra. La red vecinal no cura una neumonía y el
Estado no puede fabricar amistad por decreto. Pero una sociedad que solo sabe
construir respuestas para cuando el daño ya se ha producido y descuida las
condiciones ordinarias en las que las personas pueden acompañarse termina
comprendiendo la salud demasiado tarde.
Las políticas públicas no crean por sí solas comunidad, pero
pueden facilitarla o impedirla. Un banco retirado para evitar que alguien
duerma en él también elimina un lugar donde dos ancianos conversaban cada
mañana; una jornada laboral que deja a los padres sin tiempo no se corrige
exhortándolos a «estar más presentes»; un barrio convertido únicamente en
corredor de paso pierde poco a poco los lugares donde la familiaridad se
construía sin planificación. Las ciudades dicen mucho de aquello que valoramos
por los espacios donde permiten detenerse. Aun así, ninguna política reemplaza
el gesto concreto.
Regreso entonces al principio. Una amiga leyó una newsletter
y pensó en mí. No diseñó un programa contra la soledad ni hizo una declaración
solemne sobre la importancia de la comunidad. Pulsó reenviar y ese acto
diminuto contiene algo que ninguna teoría debería hacernos perder de vista: «te
conozco», «recuerdo lo que te interesa», «creo que esto podría conversar
contigo». La comunidad empieza muchas veces así, mediante una atención que se
vuelve acto.
Quizá el efecto aldea consista también en mantener vivas
esas hebras antes de que se rompan. Aprender el nombre de quien nos sirve el
café; llamar sin tener un asunto que resolver; cocinar para alguien; preguntar
por quien lleva días sin aparecer; quedarnos diez minutos más alrededor de una
mesa; dejar el teléfono mientras otro habla; permitir que un niño nos devuelva
al suelo; sostener una conversación que no conduzca a ninguna conclusión. Nada
extraordinario. Nada capaz de convertirse en una gran fotografía de nuestro
tiempo. Apenas la materia humilde con la que siempre se han construido los
vínculos.
Ninguno de esos gestos arregla por sí solo una sociedad
fragmentada. Sería ingenuo pedirle a la cortesía lo que corresponde a la
justicia, o a la amistad lo que corresponde a las instituciones. Pero sería
igualmente pobre imaginar que una sociedad puede recomponerse únicamente
mediante derechos, servicios y procedimientos, como si después de garantizar
las condiciones materiales pudiera darse por descontado el nacimiento de la
vida común. Las instituciones pueden proteger el terreno; somos nosotros
quienes tendremos que habitarlo.
Pese a todo, encuentro una razón para la esperanza porque
todavía sabemos hacerlo. Seguimos preparando una comida para celebrar que
alguien vuelve; acercando una silla cuando llega uno más; preguntando al vecino
si necesita algo; enviando una canción, un libro o un artículo porque nos ha
recordado a alguien. Seguimos acompañando a quien enferma, llevando niños
ajenos al colegio cuando sus padres no pueden, reuniéndonos alrededor de una
mesa aunque después discutamos, cuidando a nuestros mayores, jugando,
visitando, llamando. A veces lo hacemos mal, tarde o cansados; otras ni
siquiera sabemos reconocer que en esos gestos se está preservando algo. Pero la
disposición permanece.
Tal vez nuestra época haya debilitado muchos de los lugares
donde esa forma de vida encontraba refugio. Ha acelerado el tiempo, privatizado
espacios, convertido la atención en mercancía y hecho de la autosuficiencia una
aspiración casi moral. Sin embargo, no ha conseguido abolir nuestra necesidad
del otro. Tampoco ha borrado nuestra capacidad de acudir cuando alguien nos
llama. Bajo buena parte del cansancio contemporáneo sigue latiendo el deseo de pertenecer
sin quedar atrapados, de cuidar sin poseer, de ser reconocidos sin tener que
exhibirnos constantemente.
No partimos de cero. Cada amistad conservada, cada mesa que
vuelve a llenarse, cada barrio donde alguien conoce nuestro nombre, cada niño
que encuentra adultos dispuestos a jugar, cada anciano cuya ausencia despierta
una pregunta son pequeñas reservas de mundo común. No bastan, pero existen.
Podemos protegerlas, multiplicarlas y crear otras nuevas. La comunidad no
pertenece a un pasado perdido al que solo podamos regresar con nostalgia; es
una posibilidad humana que reaparece allí donde dos o más personas deciden no
tratarse como extraños prescindibles.
Entre la casa y el hospital, entre el trabajo y la cama,
entre las grandes decisiones y las grandes pérdidas, transcurre casi toda la
existencia. Allí están la mesa, la plaza, el vecino, la llamada, el bar, el
juego, el amigo que aparece sin ceremonia. Allí descubrimos que ser autónomos
nunca significó bastarnos a nosotros mismos y que necesitar a los demás no nos hace menos libres, sino profundamente
humanos.
Mi amiga pensó en mí al leer sobre bares, hospitales,
bosques, caballos y mesas. Yo he pensado, al recibirlo, que quizá una parte de
nuestra salud depende también de eso que difícilmente cabe en una analítica:
saber que ocupamos un lugar en la memoria de alguien y que alguien ocupa un
lugar en la nuestra. Mientras todavía seamos capaces de hacer sitio, de volver
la cabeza cuando falta uno, de sentarnos juntos y reconocernos, habrá algo que
ninguna fragmentación habrá conseguido arrebatarnos del todo. Tal vez la
esperanza empiece justamente ahí: en comprender que todavía tenemos con qué
reconstruir la aldea.
Cuca Casado

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