EL MAL NUESTRO DE CADA DÍA
Te vaciaremos y te
llenaremos de nosotros. —George Orwell
El mal no siempre necesita camuflarse bajo grandes ideologías ni aparatos represivos visibles. A veces le basta con administrarse a través de instituciones, burocracias, medios de comunicación, algoritmos, mercados. Y eso no lo hace menos peligroso; solo lo hace más invisible.
Es una
corrupción que no es accidental, coyuntural ni periférica: es estructural,
constitutiva del sistema mismo. No se trata de psicopatologías aisladas, se
trata sobre todo de una configuración relacional colectiva profundamente
degradada.
De este trasfondo se ha ocupado la llamada ponerología, que ha estudiado cómo la psicopatía a gran escala ha convertido en herramientas de dominación todo un repertorio de técnicas derivadas del psicoanálisis y de la psicología social.
Esas técnicas, lejos de buscar la emancipación, el conocimiento o la autonomía de las personas, llevan décadas aplicándose para intensificar el control emocional y asegurar una obediencia blanda y, sobre todo, una sorda indiferencia. Así, la enfermedad se vuelve norma y el mal, sistema. La frialdad deja de ser excepción para convertirse en método. No son solo las estructuras políticas; es un pervasivo clima moral que lo impregna todo.Cuando la displicencia y la insensibilidad se
institucionalizan, dejan de ser un rasgo individual y pasan a ser un principio
de organización, y lo que hasta entonces se consideraba un trastorno puntual
deviene paisaje. Y es en ese paisaje, ya normalizado, donde se revela algo más
antiguo que cualquier teoría: toda cultura tiene su reverso y, tarde o
temprano, acaba enfrentándose a él. Jung llamaba sombra a la
parte de la psique que la conciencia rechaza o no quiere reconocer en sí misma,
y que por eso termina ocultando, disfrazando o proyectando sobre otros. Algunas
culturas reprimen esa sombra; otras la maquillan con símbolos y relatos; muy
pocas logran integrarla. Y hay una —la nuestra— que la ha puesto al mando sin
saberlo, o quizá fingiendo que no lo sabe.
Se supone que nuestras instituciones son fruto del acuerdo,
de la razón, del bien común. Pero bajo la superficie —bajo la firma, el
logotipo, la toga, el uniforme, la ceremonia— opera otra fuerza: una
arquitectura sin empatía, una ingeniería del control. No gobierna la demencia:
gobierna la frialdad. No el caos: el cálculo. Entrenada durante siglos en el
arte de no sentir, eso que llamamos modernidad occidental o norte
global o sociedad capitalista no es más que una
colosal estructura antropatológica; su médula, su pulso económico, sus
algoritmos de supervivencia obedecen a un patrón que ya ni siquiera es humano
en el sentido en que creíamos entender esa palabra.
No es que los psicópatas hayan tomado el mundo (que
también): es que el mundo ha acabado adquiriendo formas y maneras psicopáticas.
Nos enseñaron a mirar hacia abajo, hacia la delincuencia común, para que no
miráramos hacia arriba. Y es que las estructuras no se diseñan en los sótanos:
se diseñan en la cúspide. La psicopatía no vive en los márgenes, habita los
centros de decisión. No necesita armas ni imponerse por la fuerza, le basta con
firmar presupuestos, redactar leyes o informes, diseñar modelos de gestión
donde la vida es solo una variable. Al crimen que destruye un cuerpo lo
llamamos asesinato. Al crimen que destruye sistemas de cuidado y
sociedades enteras, lo llamamos reforma.
Aprendemos a admirar al que no siente, a confiar en quien no
vacila, a aplaudir la ausencia de culpa como si fuera claridad. La cultura no
solo no combate la psicopatía: la promueve, la premia, la convierte en hábito,
en requisito, en forma de estar en el mundo. Ese perturbador pero imperturbable
ultramillonario, ese político de mirada vidriosa, ese juez de actitud marmórea,
ese policía de gesto blindado, ese periodista, ese funcionario, ese médico, ese
directivo, ese tecnócrata, ese abogado, ese asesor, ese publicista, ese
académico, ese psicoterapeuta, ese profesor, ese empresario, ese emprendedor,
ese militar, ese jefe, ese compañero de trabajo, ese vecino, ese padre, esa
madre, ese hermano, ese amigo. Todas, figuras del nuevo canon emocional.
Es un clima que exige adaptarse o desaparecer. Si alguien se
quiebra o duda, si no acierta a cerrar la válvula del dolor, si es incapaz de
volverse puro cálculo como si la conciencia fuera un bisturí y no un corazón,
tiene muchas posibilidades de quedarse fuera de juego. La hegemonía de la
psicopatía, el mal nuestro de cada día, opera y prospera en lo que ya no
cuestionamos, en lo que consideramos normal. Y no lo hace mediante el castigo:
lo hace a través de la pedagogía.
La violencia más perfecta es la que no se ve, la que ha
colonizado el sentido. El dominio hoy no grita: redefine. No sanciona: premia.
No da órdenes: pone cimientos. Su fuerza está en la ubicuidad; su éxito, en que
lo confundamos con la realidad. Habla tu lengua, organiza tus horarios, dibuja
tus aspiraciones, y te convence de que el problema eres tú: tus límites, tus
carencias, tu falta de flexibilidad. La libertad ya no es decir sí o no: es la
ilusión de elegir entre opciones que tú no has creado. El mérito —esa gran
farsa consensuada— actúa como selección moral: si estás abajo, no hiciste
suficiente; si estás arriba, lo mereces. El círculo se cierra sin grilletes,
sin sangre, con sonrisas y planes de vida y desarrollo profesional.
Las instituciones fueron esculpidas por la voluntad de
quienes no sienten hasta parecer naturales. Repiten la lógica del no-vínculo no
por odio: la repiten porque funcionan mejor sin interrupciones emocionales. La
psicopatía no se manifiesta en gritos: se manifiesta en mil matices de silencio
indiferente. En un mundo modular y optimizable, la empatía es anomalía,
fricción, fallo del sistema. No se persigue: se omite, se descarta, se ahoga
por improductiva. Las decisiones son más rápidas sin ella, las cadenas de mando
fluyen sin pausas, el miedo se gestiona mejor que la compasión. Es decir: la
empatía no es una característica sino un defecto y la psicopatía no es un
defecto, sino una característica. Así, el diseño se vuelve doctrina y la
doctrina diseño.
Desde niño se aprende el desarraigo suave: no llorar
demasiado, no pedir cariño más de la cuenta, no mostrarse afectado. Se premia
la compostura, el control, la neutralidad del rostro; se imita al que no sufre.
Lo que empezó como defensa se vuelve identidad: un corazón blindado no duele,
una emoción silenciada no estorba. Aprendes que la sensibilidad no cotiza, que
la ternura no gana elecciones, que el pensamiento crítico no recibe premios,
que ponerse del lado del débil, del pobre, de la víctima, del excluido, del
perseguido, del señalado, del refugiado, del oprimido, no abre ninguna puerta y
en cambio cierra muchas. Así, casi sin notar el gesto, te conviertes en aquello
que antes te parecía inhumano. No por maldad: por ajuste, por eficacia, por
supervivencia social. La hegemonía de la psicopatía, el mal nuestro de cada
día, no obliga; instruye, adiestra, y lo hace reactivando y fijando los
reflejos más primarios hasta hacerlos pasar por lucidez.
Cuando alguien no se parece a nosotros, no habla como
nosotros, no ama como nosotros ni habita el mundo como nosotros, la primera
reacción que se activa no es comprensión: es alerta. Miedo, juicio, repliegue.
No se trata de ideología ni de maldad consciente: se trata de un residuo
evolutivo, el reflejo animal que desconfía de lo no familiar y reacciona antes
de pensar en previsión de un posible peligro. Ese reflejo sigue operando bajo la
superficie de la vida social, incluso en entornos que se autodefinen como
seguros y civilizados. La diferencia entre una sociedad primitiva y una
sociedad verdaderamente compleja reside en su capacidad para suspender ese
primer impulso; la empatía ha sido una adquisición tardía, frágil, costosa.
La empatía exige forzar a la mente a abandonar el atajo del
miedo o la desconfianza y atreverse a recorrer trayectos más difíciles. Por eso
resulta tan revelador que hoy, en pleno auge de toda clase de neofascismos, la
crueldad se reinterprete como lucidez y la frialdad como fortaleza. Sin
embargo, allí donde el daño se ejerce sin conflicto interno no hay superioridad
moral: lo que hay es estancamiento e incapacidad de crear nuevos circuitos
mentales que desactiven los reflejos primarios. La crueldad y la falta de
empatía son pobreza imaginativa, signo de involución, señal de bloqueo. Que
esta inversión de valores se haya normalizado no es casual: necesita ser
narrada, justificada y traducida a un lenguaje aceptable.
Toda dominación necesita un relato. No se dice psicopatía, se dice visión estratégica. No se dice frialdad, se dice eficacia operativa. No se dice degradación de vínculos, se dice reorganización de dinámicas. Los términos se blanquean y la herida se oculta. El directivo implacable ya no es desalmado, es resolutivo. El político sin escrúpulos no es perverso, es pragmático. El líder sin empatía no es peligroso, es carismático. La hegemonía de la psicopatía, el mal nuestro de cada día, se oculta en palabras aceptables, en biografías inspiradoras, en discursos de éxito.
Aprendemos a hablar con esa gramática, a relatarnos con sus
frases. Se instala la idea de que sentir menos es señal de madurez, de que la
ética es un lastre, de que la preocupación por los otros es ceguera, o torpeza,
o ingenuidad. La narrativa del yo triunfador oculta el desierto emocional que
deja atrás, que es el mismo desierto emocional del que ha surgido. Y todo ello
se enseña, se aplaude, se difunde, se exporta hasta que casi nadie recuerda que
otras maneras de ser humanos y de relacionarse son posibles.
Lo que empezó como lógica interna se vuelve arquitectura
planetaria. Ya no se queda en despachos, juntas de accionistas, ministerios,
fábricas, empresas, aulas o laboratorios: se expande como protocolo. La
seguridad se convierte en producto, la vigilancia en negocio. Ya no necesita
muros: necesita datos. Algoritmos que predicen, cruzan variables, asignan valor
a cada vida según su utilidad, productividad o peligrosidad. La guerra se
programa, la censura se sustituye por saturación. No hace falta reprimir si
puedes anticipar. No hace falta torturar si puedes modelar el deseo. La
política y la vida social y cultural devienen industria de emociones frías, una
competición para ver quién neutraliza mejor y más rápido todo aquello que aún
se atreve a latir de verdad.
Todo gira en torno a la promesa de invulnerabilidad: no
sentir, no dudar, no depender. Se idolatra al que no vacila, se envidia al que
no teme, se admira al que ama con condiciones. El dolor se interpreta como
falla, el cuidado como carga, la empatía como distracción. Nace así el deseo de
inmunidad, que no busca sanar: busca no ser alcanzado. Ese deseo moldea
tecnologías, políticas, lenguajes. Se construyen muros invisibles, dispositivos
para evitar peligros innecesarios o imaginarios o lapsos de tedio. Todo lo que
puede doler se vuelve amenaza; todo lo que exige presencia se vuelve riesgo.
Pero la inmunidad perfecta es también muerte: vivir es estar expuesto. Y, sin
embargo, el sistema promete una vida sin lágrimas ni vértigo: solo gestión,
rendimiento, continuidad. Un alma limpia, aislada, operativa: una utopía del
vacío, un sueño frío que no sangra.
Hubo un tiempo en que la empatía era virtud, inteligencia
compartida que atravesaba la piel. Hoy se la considera fragilidad, exceso
sensorial, anomalía clínica. Se sospecha del que se conmueve, se ridiculiza al
que duda por compasión. No es que la empatía falle: entorpece, ralentiza,
destensa, rompe la cadena de mando. Un mundo que no valora el vínculo diseña
sujetos sin nudos, individuos sin permeabilidad, sin temblor. La nueva fuerza
es no necesitar a nadie, no sentir con nadie. Y en ese silencio la hegemonía de
la psicopatía, el mal nuestro de cada día, no gobierna: moldea, programa, tiñe,
empapa.
No hay consuelo, pero hay claridad. Y a veces la claridad
basta. Ver el mundo tal como es no es una solución mágica, pero rompe el
hechizo de creer que esto es lo único posible. Porque lo que se impone como
eficiencia es también decisión moral, diseño del alma colectiva; y si fue
diseñada, puede rediseñarse. Aún hay quienes recuerdan otras formas de
relación, otros modos de habitar el mundo. Aún hay palabras que no encajan en
la gramática dominante, cuerpos que tiemblan ante el dolor ajeno. No serán
mayoría ni tendencia, pero existen. Y su existencia es ya resistencia. Vasili
Grossman decía que los pequeños gestos de bondad inútil y sin sentido no bastan
para salvar el mundo, pero que sin ellos el mundo no merece salvarse.
Mientras haya alguien que se niegue a pensar en frío, que se
niegue a decidir sin corazón, que se niegue a obedecer sin cuestionar, la
hegemonía de la psicopatía, el mal nuestro de cada día, no será total. Será
eficaz, expansiva, rentable, ubicua, pero no absoluta ni definitiva.
En esa fisura mínima que deja abierta la conciencia, en esa
gratuidad radical de la bondad, es donde arde todavía toda posibilidad.
Jesús Olmo
Los imperios tóxicos no
nacen de la nada; se alimentan de una cultura que premia la crueldad y
normaliza la indiferencia. Allí donde la violencia se vuelve rutina, el cálculo
sustituye al cuidado y la jerarquía se impone como destino, germina una
psicopatía colectiva que no necesita diagnóstico clínico: es la textura misma
de la vida pública. En su despliegue, estas formaciones políticas y económicas
imponen un horizonte único: el éxito medido en poder y acumulación. La ética es
degradada a un mero instrumento, el otro es reducido a objeto desechable, y
comunidades enteras aprenden a sobrevivir bajo la lógica de la desconfianza y
el miedo. De este modo, el imperio no sólo domina territorios o recursos:
coloniza las emociones, reconfigura las memorias, reescribe la posibilidad
misma de imaginar otro orden. El precio de esta cultura psicopática no es
abstracto. Se paga en cuerpos agotados, en vidas descartadas, en la lenta
erosión de vínculos. Y lo más inquietante es que estas formas de toxicidad
logran perpetuarse sin necesidad de dictaduras explícitas: basta con que la
violencia esté lo bastante dispersa, legitimada por instituciones respetables,
embellecida por la retórica de la eficiencia o del progreso. Por eso, hablar de
imperios tóxicos es señalar la complicidad silenciosa de millones: no un
monstruo externo, sino un hábito interiorizado, una sensibilidad adiestrada
para soportar lo insoportable.
—Julian K. Cegarra
Ese mal sólo cabría
definirlo como la tendencia oscura que lleva a algunos a sentirse ya no
felices, sino realizados, con el dolor de otros que ningún daño les han hecho.
Y hacerlo no como escarmiento, no para obtener más poder o riquezas, no por
libidinosas inclinaciones o por motivos de venganza, no por creencias
ideológicas o religiosas, sino por el propio placer de la contemplación de la
desgracia ajena.
—Javier García Sánchez
La hegemonía se
construye cuando los dominados aceptan los valores de los dominantes como
propios.
—Antonio Gramsci
La psicopatía ya no es
una desviación: es la gramática secreta de nuestra civilización. No consiste tanto
en la ausencia de empatía como en su inversión: un sistema en el que sentir con
el otro se vuelve improductivo, y el dolor ajeno una variable irrelevante. La
cultura entera ha interiorizado la indiferencia como virtud y la crueldad como
eficiencia. En nombre de la libertad, se ha instaurado una hegemonía afectiva
que disocia la inteligencia de la compasión y convierte el éxito en la medida
del desarraigo emocional. No hay tirano visible, ni ideología explícita: sólo
un consenso silencioso que celebra la capacidad de no sentir. Hemos hecho del
desapego un estándar de racionalidad, del cálculo un lenguaje moral, de la
anestesia un signo de madurez. Lo que antes era una patología se ha vuelto la
norma de funcionamiento del mundo. Y así, la humanidad no ha perdido el alma: la
ha tercerizado.
—Elías Varon
El mayor mal emerge
allí donde el corazón se ha convertido en piedra. Donde nada nos conmueve.
Donde cada ser humano vive aislado en su mundo. Donde ha desaparecido el
nosotros. Donde se hace daño con indiferencia. Donde lo de otro es cosa suya.
La indiferencia va unida al desapego en nuestra relación con el otro o con
respecto a lo otro. Hannah Arendt había hablado del mal banal, asociado a
acontecimientos extremos como el Holocausto, en los que ningún monstruo, sino
seres humanos comunes y corrientes hacen el mal cuando actúan sin reflexionar
bajo órdenes. Así, dejan de ser personas. Pero hay un mal donde lo que es
«común» no es el perpetrador o agente, sino nuestra manera de relacionarnos y
que puede verse todos los días a través del daño de los microgestos cotidianos.
La novena figura es la del mal ordinario, el que está siempre presente, pero es
imperceptible, aquel que incluso negamos cuando sostenemos que el mal «es
relativo», aquel que cometemos con suma facilidad, a veces conscientemente. No
consiste en el mal extremo, sino que se encuentra en los pequeños males de
todos los días que podrían ser evitables. Efectivamente, no hay que ser un
monstruo, moverse por egoísmo o tener una voluntad malévola, sino que sólo es
preciso haber perdido la sensibilidad y el vínculo hacia nuestros congéneres,
de tal modo que nos son indiferentes. Actúa con eficiencia, por lo que no es un
error o algo meramente defectivo, y tiene una lógica y un razonamiento
procedentes de la misma razón, a veces incluso los modos de actuar se deben a
la inercia y al automatismo. No es, por ello irracional, aunque no entendamos
(o no queramos entender) su lógica.
—Ana Carrasco-Conde
https://www.15-15-15.org/webzine/2026/08/18/el-mal-nuestro-de-cada-dia/

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