11/11/20

Un golpe para desconectarnos de la tierra, el cielo, los ríos, las flores y los abrazos

El SCREEN NEW DEAL: El mundo después de la COVID

Una distopía tecnológica?

El otro día me crucé con un artículo de Naomi Klein: “Screen New Deal, a High-Tech Coronavirus Dystopia”. Al principio creía que se refería a estas máscaras raras con pantalla que se está empezando a ver por todas partes por el coronavirus… pero a medida que leía, las cosas se pusieron incluso peor: las pantallas, ya sabéis, móvil, ordenador, iPad, podrían pasar a estar más integradas en nuestra vida cotidiana de lo que ya están. Y os preguntaréis, ¿pero es eso posible? De hecho sí, lo es, y decidí hacer este vídeo porque esa posibilidad me parece bastante preocupante.

Lo que voy a hacer es analizar el artículo de Klein para The Intercept, una publicación de noticias online, porque creo que vale la pena, y sobre la marcha iré introduciendo puntos de vista e información que considero relevantes. Vamos allá.

Bien, el término “Screen New Deal” se refiere a la posición que algunos políticos y voces prominentes del sector tecnológico están adoptando en Estados Unidos en respuesta a la crisis del coronavirus. Un ejemplo es el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, que hacía las siguientes alegaciones en un briefing el pasado 6 de mayo. Vamos a verlo.

¿Cómo usamos las nuevas tecnologías en la economía de mañana? Y esa es la lección que estamos aprendiendo, ¿verdad? Trabajar desde casa, tele-salud, tele-educación, todo gira en torno a la tecnología y un mejor uso de la tecnología, incorporando las lecciones [de Covid-19].

La visión de Cuomo está bastante clara. En esta era de coronavirus, nos hemos visto forzadas a encerrarnos en casa, trabajar telemáticamente —a menos que seas una de las miles de personas que han perdido el trabajo—, estudiar telemáticamente, mantener la distancia las unas con las otras para evitar el contagio. Todo eso parecía una etapa transitoria, tras la cual podríamos volver a la “normalidad”; pero cada día parece menos probable que esa “normalidad” vuelva (y eso podrían ser buenas noticias por un sinfín de razones, porque la vieja normalidad daba asco), pero también es un tema preocupante. 

Mucha gente tiene miedo de volver a aglomeraciones, se temen nuevos brotes del coronavirus, y ese temor tiene fundamento: la mayoría de nosotros vive en grandes ciudades, abarrotadas de gente en el metro, en la oficina, en la cafetería, en todas partes; y las ciudades son también nodos globales donde confluyen idas y venidas de gente, información, bienes y también virus. Así que estos lugares son a menudo focos de propagación de virus.

En resumen: el modo de vida urbano y moderno, en el que todo viaja a todas partes todo el tiempo, no es solo bastante insostenible, sino que multiplica las probabilidades de una pandemia como la que estamos viviendo.

Sin embargo, en vez de atacar el problema de raíz, algunos políticos americanos, como Cuomo, hablan de otro tipo de solución. Esa, amigos y amigues, es la solución de gurús de Silicon Valley como el ex-ejecutivo de Google, Eric Schmidt; Bill Gates; o empresas como Amazon. ¡VOILÀ! ¡Invertir en alta tecnología! En inteligencia artificial, tele-educación, tele-sanidad, transporte centralizado de prácticamente todo, incluyendo comida y material sanitario.

Es fácil adivinar por dónde van los tiros. Antes del coronavirus, nos vendían todo esto bajo los slogans de la conveniencia, la comodidad y la personalización de nuestra experiencia online, bla, bla, bla, maravilloso. Pero ahora, el plan tiene un nuevo impulso: en el nombre de la protección contra el coronavirus, mantener la distancia social, satisfacer las necesidades del momento. ¿Por qué da tanto miedo todo esto?

Si resumimos los argumentos de Klein nos hacemos una idea del porqué. La primera cosa que resalta es que este futuro que visualizan los altos cargos del sector tecnológico sería un futuro con menos trabajadores. Con menos profesores, médicos y conductores, y más aparatos robotizados incorporados en nuestra vida. Un futuro con menos comercio local, simplemente destruido por el doble golpe de la pandemia y el triunfo de Amazon.

También sería un futuro en el que el efectivo y las tarjetas de crédito dejarían de existir, con la excusa de prevenir la propagación de virus. Lo siguiente es nuestro documento de identidad o pasaporte, cualquier tipo de papeleo que podáis imaginar: TODO sería electrónico. Nuestro móvil —o quizás un chip bajo nuestra piel, no lo sé— se convertiría en el lugar que centralizara toda la información sobre nosotros. Y ya lo es, más o menos, pero confiad en mí, están preparando el golpe de gracia. 

Nuestra identidad, el dinero que gastamos y cómo, nuestro historial académico, sanitario y criminal, nuestros gustos en cuanto a hábitos de consumo y en cuanto a la gente con la que nos gustaría salir, nuestras relaciones sociales, los lugares a los que vamos, lo que hacemos, lo que decimos, nuestra vida entera estaría centralizada en un único aparato, grabada y almacenada por… ¡TACHÁN! Gigantes tecnológicos privados en alianza con los gobiernos.

Apuesto a que la mayoría de vosotros ha visto Black Mirror. Para los que no, vale, pensad en Gran HermanoMatrix. Esta es la encarnación de esas distopías tecnológicas. Y no, no está solo en las películas. Tenemos ejemplos en la vida real, hoy en día.

Vámonos a China

En la última década, China se ha convertido en líder mundial del móvil, en cuanto a usuarios y beneficios para el sector, y es el mayor mercado de comercio electrónico del mundo, muy por delante de Estados Unidos. Grandes empresas como Tencent y Alibaba han desarrollado métodos increíblemente sofisticados de pago desde el teléfono móvil; supermercados electrónicos, estilo Amazon Go, en los que simplemente entras, coges tu compra, la pasas por caja y pagas escaneando un código QR, se están volviendo sumamente comunes en China.

Las cosas se ponen aún más feas con el llamado Sistema de Crédito Social, un sistema de puntuación desarrollado por el gobierno que, basado en toda la big-data recogida y almacenada de cada ciudadano, puntúa a los chinos en función de su historial de crédito, hábitos de comportamiento, capacidad de pagar deudas, información personal y relaciones sociales. Una puntuación alta proporciona a los chinos descuentos en ciertos productos y otras ventajas, mientras que una baja puntuación puede significar problemas obteniendo un préstamo o comprando un billete de tren. 

O sea: dependiendo de quiénes sean tus amigos y cómo piensan, de si te metes demasiado con el gobierno o no, serás recompensado, o castigado, incluso públicamente: en China se denuncia a las personas que no son de fiar publicando sus nombres, rostros, dirección y características en paneles visibles en estaciones de transporte público. Un mecanismo extremadamente eficiente de control de la población en manos del gobierno.

Pero el del gobierno no es el único sistema de crédito social. También está Sesame Credit, de Ant Financial Services Group, propiedad de Alibaba (el Amazon chino). Esta te puntúa usando información de tus actividades en Alibaba, compras online y esas cosas. Una empresa privada controlando tu vida. 1984 se quedaba corto.

Básicamente, China es la líder mundial en inteligencia artificial, reconocimiento facial, hay cámaras en todas partes vigilando cada movimiento, y un puñado de grandes empresas, entre ellas Alibaba y Tencent (dueña de WeChat), centralizan la mayoría de redes sociales, plataformas de pago y comercio online, softwares de diagnosis médica digital, incluso plataformas de citas como Tinder. Todo lo que tiene que ver con los datos. Y están bastante por delante de Estados Unidos en todo esto. En China, se da el caso de que estas compañías colaboran estrechamente con el gobierno. Y aquí, en occidente, tendemos a verlo como “¡oh, dios mío, China es comunista, el gobierno es represivo, no hay libertad, no hay privacidad, y bueno, Google y Amazon tienen nuestros datos, pero no pasa nada, vivimos en países democráticos, no hemos hecho nada malo, así que estamos a salvo! ¿No?”

Pero no olvidemos lo esencial. En China, el gobierno coopera con empresas con ánimo de lucro en una economía planificada, pero orientada hacia la competitividad global y el crecimiento. Y si te fijas un poquito, lo que Bill Gates y Google están proponiendo es muy similar: colaboración entre gobiernos e industria para desarrollar un sistema, basado en la alta tecnología y el big data, que englobe casi cada aspecto de nuestra vida, incluyendo la educación y la salud. ¿Y sabéis por qué? ¡Exacto! Porque no podemos permitir que los chinos lleguen primero, porque ya van por delante, y, ¡¡dios mío, es el fin del mundo, van a superar a Estados Unidos, van a hacerse con el poder, tenemos que evitarlo a toda costa!!

El hecho de que China sea una economía planificada, un país comunista, carece de importancia si miramos el cuadro entero. El resultado es el mismo. El despliegue de un sistema de vigilancia de masas llevado a cabo por empresas privadas con el apoyo de los gobiernos, un despliegue que responde en gran medida a intereses privados, aunque también podría ponerse a disposición de fines políticos, por qué no. Un despliegue que será posible gracias a la transferencia de cantidades ingentes de dinero público a manos privadas; sí, eso se llama privatización. Eric Schmidt y sus amigos tienen mucha prisa por desarrollar toda esta red de avances tecnológicos, porque tienen miedo de China y porque son tremendamente avariciosos. Y con la excusa del coronavirus, van a presionar a los gobiernos para que les den manga ancha para empezar; y puede que hasta toreen leyes y regulaciones en mitad de esta paranoia, cuando las cosas tienen que hacerse deprisa.

Luego está todo el tema con el 5G. Mirad, lo que menos me preocupa es si las torres de 5G causan cáncer. Lo que realmente me mosquea es que el 5G va a hacer posible esta distopía tecnológica mucho antes de lo que sospechamos, y a un nivel que no podemos siquiera imaginar. Sí, China lidera la tecnología 5G, y debido a la difusa línea entre las empresas y el gobierno chino, Trump tenía miedo de que China usara la red para espiar a Estados Unidos. Pero eso es solo desviar la atención pública de lo que va a ocurrir en realidad. Sí, por supuesto que nos van a espiar, pero no China: va a ser un puñado de empresas tecnológicas internacionales, una vez resuelvan su guerra comercial y alcancen algún tipo de acuerdo, empresas incluyendo a Google, Amazon y otras de su quinta; una alianza entre gobiernos y capital que va a tener, literalmente, el mundo entero en sus manos. 

No importa a qué gobierno sirvan: sirven, ante todo, el beneficio, el dinero, el poder, la perpetuación de un sistema capitalista que está agonizando, porque saben que el petróleo no tiene futuro y tienen que sustituirlo con otra porquería. No importa a qué gobierno sirvan. Sirven, en primer lugar, al lucro, al crecimiento económico, al dinero, al poder, a la perpetuación de un capitalismo global agonizante. No sirven a la gente. Y se supone que nosotros tenemos que aceptar todo esto a cambio de un poco más de velocidad en la conexión a Internet y un coche inteligente que conduce y aparca solo porque se conecta al parking más cercano.

¿Estamos locos, o qué?

Nuestro enemigo no es el gobierno comunista de China. China puede no ser liberal, pero es capitalista en todo el sentido relevante de la palabra. Nuestro peor enemigo no es siquiera el dichoso coronavirus. Nuestro enemigo es una obsesión con el crecimiento económico infinito, el poder y la competición que va a llevarnos de cabeza a un desastre ecológico, y antes de eso, a una distopía tecnológica, y todo porque no supimos conformarnos.

¿Podemos, por favor, analizar las implicaciones de este sinsentido?

La primera preocupación, obvia y muy real, es la violación absoluta de nuestra privacidad que implica todo esto. Sí, Alphabet, Facebook y Amazon llevan mil años recogiendo nuestros datos, pero mucha gente se ha inquietado ante esto desde el principio. Nos cuentan que todos estos datos, toda esta información sobre nosotros, se usa para personalizar nuestra experiencia online y adaptarse a nosotros. En otras palabras, es intercambiada entre grandes empresas tecnológicas y otros actores y usada para monitorizar nuestros gustos y mantenernos comprando porquería de Amazon al poner delante de nuestras narices exactamente lo que estábamos pensando un segundo antes, porque nos escuchan a través del micrófono del móvil; para saber lo que queremos antes que nosotros mismos. 

Lo siento, pero eso no es personalización. Eso es manipulación e interferencia con el criterio humano. Y está a apenas un paso de China, donde usan incentivos para guiar el comportamiento de la gente hacia una serie de cosas y no otras, y dirigiéndolos según los intereses de grandes empresas y el gobierno. Me temo que eso no es libertad. Es el fin de la democracia. Es el máximo exponente de nuestra sociedad de la manipulación, que no es nueva, pero puede empeorar; una sociedad en la que creemos que somos libres de escoger lo que queremos, pero somos constantemente bombardeados con anuncios y propaganda que dan forma a nuestras decisiones finales, desde a quién votaremos a con quién nos casaremos, si permitimos que Google y sus amigos se salgan con la suya.

Pero hay mucho más. O sea, ¿Qué tipo de mundo nos espera si permitimos esta robotización de la sociedad? Lo decía antes: un futuro en el que las máquinas y las pantallas sustituirán a millones de trabajadores. Un futuro en el que tu profesora podría ser un robot desalmado. Una realidad que nos continuará atomizando, que acabará de cargarse las relaciones humanas. Es un ataque total contra el mundo físico. Contra el mundo que conocemos. Un golpe que busca desconectarnos de la tierra, el cielo, los ríos, el olor de las flores y el calor de un abrazo, y conectarnos en su lugar a una realidad hecha de bits. 

Es decir, conectar a aquellos que sean lo bastante privilegiados (o desgraciados) de tener acceso a todo esto, porque los demás continuarán atados a las dificultades de una vida de pobreza y desigualdad aumentadas, una vida en una Tierra que continuará pereciendo bajo el abuso de una sociedad capitalista de la información que le dará la espalda; continuarán sosteniendo nuestro sistema con su trabajo, en fábricas explotadoras, en minas, para extraer todos los materiales para nuestros cachivaches maravillosos, en plantas procesadoras de carne; en silencio.

Sí, la discriminación aumentará

Y lo hará ligada, como siempre, a la desigualdad de clase, género y raza. Klein lo explica bien: hogares que no tienen una buena conexión a Internet o que no pueden permitirse un ordenador para cada miembro de la familia, imaginad si todos tienen que conectarse a la vez porque trabajan telemáticamente; niños con necesidades especiales que es muy cuestionable que toda esta tecnología pueda atender debidamente. ¿En qué sentido es mejor aprender desde casa si vives en un hogar precarizado o abusivo? ¿En qué sentido es mejor crecer sin socializar con otros niños? 

Pero la tecnología lo resuelve todo, ¿verdad? Simplemente compraremos más ordenadores y tendremos amigos virtuales. Lo siento, pero no veo cómo esto beneficia a los estudiantes o a la gente. Beneficia a empresas tecnológicas privadas. Aunque van a decirnos, por supuesto, que esto es algo maravilloso, que nos conviene infinitamente. Voy a citar a Eric Schmidt (recordemos, ex-director ejecutivo de Google):

El beneficio de estas empresas, que nos encanta demonizar, en cuanto a su capacidad de comunicar, de gestionar la salud, de recoger información, es profundo. Imaginad cómo sería vuestra vida en América sin Amazon […] La gente debería agradecer un poco más que estas empresas tuvieran el capital, hicieran la inversión y construyeran las herramientas que estamos usando hoy, que tanto nos han ayudado.

¡Gracias, Google, mi Dios Todopoderoso! Lo confieso, te uso cada día de mi vida (o sea, no tengo elección si quiero sacarme el grado universitario). Pero, ¿sabes qué? Tengo confianza en que, un día, las herramientas que creaste estarán en manos de la gente y se volverán contra ti. Y mi anhelo secreto es que en el mundo de mañana ya no nos harán más falta.

Así que, sí, creo que está bastante claro que no estoy nada de acuerdo con la visión de futuro de Schmidt, Andrew Cuomo, Jeff Bezos y toda esta peña, con su SCREAM New Deal. Si tenemos que enfrentarnos al coronavirus o futuras pandemias, me inclino más por invertir dinero en soluciones como aumentar el tamaño de las clases o reducir el número de alumnos por aula; contratar más profesores; construir más y mejores hospitales y residencias, con más médicos y personal sanitario, con más personas humanas trabajando, por Dios… en plan, Cuomo, ¿por qué no preguntas a los padres, profes y doctores lo que es mejor para ellos, en vez de preguntarle a Bill Gates? 

Relocalizar industrias que producen cosas básicas, incluyendo material sanitario, para no tener que estar dependiendo del dichoso mercado global para obtener lo necesario para sobrevivir, especialmente en situación de emergencia. Promover una ganadería sostenible, que no hacine a miles de animales en espacios pequeños y condiciones deplorables, porque es sabido que esto es un foco de enfermedades. 

Invertiría en el planeta, transmutando hacia una sociedad que esté en verdadera armonía con todos los ecosistemas, que esté comprendida en ellos, y no promoviendo un “crecimiento sostenible” basado en la especulación alrededor de las renovables y soluciones tecnológicas milagrosas, sino empoderando iniciativas locales y regionales que apuntan hacia la soberanía alimentaria y energética, que miran un poco más al campo, en vez que querernos a todas apretujadas en grandes metrópolis, porque cuanto más independientes de flujos globales, amigas mías, más resilientes, más preparadas para resistir y sobrevivir si vuelve a fallar el aparato global, cosa que ocurrirá pronto. 

Querría ver la proliferación de comunidades más pequeñas, no individuos atomizados. Comunidades interconectadas, democráticas, y saludables, que necesitarán menos a Google porque tendrán más redes humanas, porque vivirán en auténtica proximidad y cooperación.

Ese es el mundo que quiero ver después de la Covid, no la versión Black Mirror del mismo. Así que, si estáis conmigo, tenemos que mantenernos alerta, porque la versión Black Mirror tenía mucha oposición pública antes, pero va a usar el coronavirus para evadirla. No debemos permitirlo si queremos preservar sociedades verdaderamente humanas. Digamos NO al tecnofanatismo y SÍ a la vida. Eso suena como un hueco eslogan político. Interpretadlo como queráis. Es solo una base sobre la que construir. 

Y tiene que oponerse al dogma del crecimiento infinito y al individualismo, porque si no acabaremos invariablemente en la tesitura de los gurús tecnológicos, de la apropiación brutal e insaciable de los recursos de la Tierra, más de la misma porquería de siempre. Y si vamos a usar recursos tecnológicos, que pueden, en efecto, ser muy útiles (¡gracias de nuevo, Google!), hagámoslo, pero con un objetivo muy claro: mejorar las vidas humanas y no humanas, no servir al bolsillo de un ejecutivo ambicioso. Ya hemos tenido bastante de esa basura.

Cuando la tecnología deja de hacer nuestra vida más fácil y empieza a alimentar la desigualdad, robar trabajos, crear trastornos mentales y deshumanizar a la gente, es momento de decir BASTA YA. Quizás deberíamos haberlo dicho hace tiempo. Hagámoslo ahora.

Screen New Deal and the World After Covid

Trascripción del vídeo publicado por la autora en su canal de Youtube el 1 de junio de 2020.

BIRCH 

VISTO EN: https://www.15-15-15.org/webzine/2020/11/05/el-screen-new-deal-y-el-mundo-despues-de-la-covid-una-distopia-tecnologica/

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