26/5/20

Los verdaderos poderes fácticos, callan e implementan sus estrategias.

LA MASCARILLA, NUESTRA NUEVA FRONTERA

La obligatoriedad de la mascarilla simboliza lo que me atrevería a calificar de mutación antropológica: nuestros gobernantes, con el apoyo de pensadores de la altura de Byung-Chul Han, parecen estar decididos a que la cara no enmascarada comience a parecernos obscena.
De un gran gobernante, lo único que conocen los de abajo es que existe […]
Gobernar un gran Estado es como freír un pequeño pez […]
Cuando reinan el desorden y la confusión, es cuando más se habla del amor a la patria.
Lao Zi, El libro del Tao

Si valoráramos la gestión de la actual crisis por parte de nuestros gobernantes a la luz de estos antiguos aforismos chinos, diríamos que se encuentran justamente en las antípodas: parecen poseídos por el furor maníaco de regular cada pequeño gesto de la vida pública y privada de cada uno de sus gobernados. Estos meses pasarán, también, a la historia por el récord de decretos y reglamentos que cada día, casi cada hora, se ponen en circulación. Empeñados en irrumpir a cada hora, nos tratan constantemente como seres absolutamente incapaces de valernos por nosotros mismos y de tomar la más mínima decisión adecuada, recordándonos a cada instante que cada uno de nosotros no solo representa una amenaza para su vecino, sino también para sí mismo.

Creo que la imposición de la obligatoriedad en el uso de las mascarillas simboliza bien el salto cualitativo que se está produciendo en las últimas semanas. Parece ser que los gobiernos no podían imponérnosla hasta ahora por no poder asegurar su suministro, pero ahora ya sí. Además, está la colaboración de tantas personas que se han puesto a fabricarlas artesanalmente.
No me centraré aquí en la cuestionada utilidad profiláctica de esta medida que ya ha sido tratada por especialistas como José María Paricio (la propia OMS salió al paso con una nota significativa). Hasta ahora, la mascarilla era algo que se ponía el cirujano o, entre los obreros, aquellos que tenían que filtrar polvo u otras toxinas. Pero con la pandemia ha pasado a convertirse en la prenda emblemática que simboliza la defensa activa contra el virus.
El conocido filósofo coreano Byung-Chul Han, en un artículo ampliamente reproducido por la prensa europea, insistía ya en su interés y eficacia, y parece que nuestros mandatarios le han escuchado. En Italia, no se puede salir de casa sin guantes y mascarilla. Aquí es obligatoria en los sitios cerrados y siempre que estemos a una distancia menor de dos metros. Y, como los diseñadores de moda han detectado, esta nueva “prenda” parece haber venido para quedarse.
Toda prenda se crea para cubrir nuestra desnudez y convertir nuestro cuerpo en algo digno de ser expuesto. Las palabras de Han, que utilizaba casi un cuarto de su largo artículo para hablar del tema, resultan reveladoras: “En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena”. En apenas cinco líneas, tres términos bien fuertes: individualismo europeo, criminales, obsceno.
Ese párrafo, que hace apenas unos meses nos parecería una excentricidad, merece ser tomado en consideración en estos momentos en que se impone la norma. Han ha cimentado su éxito (“el filósofo contemporáneo que más vende en el mundo”, según El País) en diseccionar “el individualismo europeo” y en una difusa exaltación de los “valores orientales”. En el artículo que comento, dice que ellos son “confucionistas”. No hace falta ser un experto para saber que el actual “confucionismo” asiático no es sino una construcción interesada desde los diversos poderes imperiales chinos que poco tiene que ver con la obra de Confucio.
Algo muy parecido a lo que ocurre con la relación entre la vida del profeta-agitador nazareno ajusticiado en Palestina hace unos 2.000 años y los imperios autoproclamados cristianos en nombre de una religión que aquél no fundó. Para nuestro filósofo, el “confucionismo asiático” se traduce en que “las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado […]. Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado”.
Que en China o Corea la gente “confía en el Estado” y que la epidemia ha sido mucho más eficazmente controlada que en Europa, es algo que Han da por hecho, a pesar de lo discutible que resulta. Para él parece irrelevante que la China post-maoísta se alzase sobre la masacre de Tiananmen de 1989, y que la represión de cualquier iniciativa que el aparato de Estado considere una amenaza continúe siendo implacable desde entonces. También es irrelevante que su país, Corea del Sur, haya vivido bajo cuatro dictaduras militares desde la guerra que dividió al país en los 50, hasta 1987.
En ese año, el dictador convocó elecciones y resultó elegido, antes de organizar los Juegos Olímpicos del año siguiente (basta leer Actos Humanos de Han Kang, publicado en español por Rata en 2018, para ver cómo se las gasta el ejército coreano). Por lo visto, se trata de detalles irrelevantes que no explican nada, en comparación a su “natural colectivista-confuciano y su embriaguez de digitalización” (sin embargo, él mismo explica que, en China, puedes perder el trabajo si no puntúas convenientemente en el estricto control digital al que es sometida la población).
Más allá de la forma en que se construyen imágenes estereotipadas y muy interesadas sobre Oriente y sobre Occidente, volvamos al uso de la mascarilla. Taparse la cabeza o la cara no es algo comparable a cubrirse o no otras partes del cuerpo, exceptuando los genitales. Incluso éstos, o parte de ellos, no resultan vergonzosos para según qué pueblos “primitivos”. En China, resulta obsceno enseñar los pies, lo mismo que era señal de buena nota vendárselos cruelmente a las niñas para que su caminar se pareciese a los “juncos oscilantes” —“pies de loto”, los llamaban—, y pudieran convertirse en damas distinguidas; una práctica prohibida tras la llegada de Mao al poder en 1949, pero que aún no ha sido completamente erradicada.
Aún recuerdo cómo mi madre nos llevaba a todos los hermanos para pasar un domingo completo en la playa en calurosos días de verano, pues los médicos ya aconsejaban por entonces los baños de mar, mientras que ella permanecía, sudando, sin quitarse el vestido ni bañarse. O cómo nos duchaba una vez a la semana de muy niños, mojándose el vestido… Nunca pude ver el cuerpo desnudo de mi madre.
En aquella época, aún las mujeres de los medios rurales debían cubrirse la cabeza a partir de cierta edad, y no podían quitarse el luto si enviudaban, lo mismo que los hombres no podían entrar en la iglesia sin descubrirse. Lo que se cubre y se descubre obedece siempre y en todo lugar a códigos complejos, y va cambiando en la medida que la relación con nuestros cuerpos y los de los demás se va modificando.
En las pasadas décadas, hemos asistido a un interminable debate sobre el derecho de las mujeres musulmanas a velarse la cara; las escenas de mujeres expulsadas de playas y piscinas por vestir burkini son del pasado verano: ¿qué representa el velo?, ¿en qué lugar coloca a la mujer?, ¿a qué orden o sistema social obedece? Preguntas obvias, recurrentes. Hoy, por orden gubernamental, nos disponemos a taparnos la mitad inferior de la cara para poder asistir a cualquier evento público y cada vez más personas no se atreven a salir a la calle sin máscara, “por razones sanitarias”.
Pero no me parece que podamos reducir la interpretación de algo tan elocuente en la exposición o el velado de nuestro rostro a estas razones utilitarias. Tapar las vías respiratorias obligándonos a volver a inspirar lo que hemos espirado tiene también obvias repercusiones sanitarias, pero establece una frontera evidente entre la boca que habla y aquél o aquella que escucha.
En cuanto a lo primero: el castigo de reabsorber las toxinas que constantemente el cuerpo expulsa a través de la respiración tiene una enorme carga simbólica. Después de que nuestros sistemas económicos y la explotación de la naturaleza hayan convertido a buena parte del mundo en un vertedero, hasta el punto de generar una situación catastrófica y en buena medida irreversible, es como si se nos pusiera un castigo individual a un pecado colectivo.
Se parece a aquellos castigos muy propios de los cuarteles y otros centros militarizados, donde se imponía una pena colectiva cuando no se daba con el responsable directo de una falta. En este caso, y también muchas veces en los cuarteles, no es que no se conozca a los responsables, sino que son los mismos responsables los únicos que detentan el poder de castigar. Como si, en lugar de detener los vertidos tóxicos, se nos obligase a tomar en cada uno de nuestros platos de comida una parte de nuestras propias heces.
En cuanto a la barrera simbólica de taparse buena parte de la cara, tiene que ver con lo que, eufemísticamente, se ha llamado “distancia social”. Se trata de otro asunto que recibe diversos tratamientos según las culturas y las situaciones. La intromisión de otro en el propio espacio vital (el “síndrome del ascensor”) es algo que todos percibimos y gestionamos mejor o peor. Pero estos días estamos dando un salto cualitativo.
Lo que hasta ahora debía ser explícitamente solicitado y permitido (“no es no”) ha cambiado de dimensión: cualquier cercanía humana debe ser explícitamente permitida pues el otro, cualquier otro, se ha convertido en una amenaza; portador de un agente mortal llamado “virus”, sinónimo actual del mal infeccioso, hasta el punto de que el otro y el virus tienden a convertirse en términos intercambiables. La campaña de artistas como Lucia Sun —“No soy un virus”— cobran pleno sentido.
Desde la antigüedad y hasta mediados del siglo XIX esa palabra era un sinónimo de “veneno”, y no se descubrió como la entidad de la que hoy hablamos hasta 1899. Los virus, por lo visto, son los pobladores más antiguos y abundantes del planeta. Abundan en todo ecosistema, incluido el ser humano: miles de ellos nos habitan. Sus dos características fundamentales son que solo viven en el interior de otra célula y que mutan constantemente. Así que son “parásitos” e “indestructibles”, en cuanto que cualquier agente específico contra ellos resulta poco o nada eficaz contra su imprevisible mutación.
Resumiendo y simplificando mucho, podríamos decir que por eso las infecciones virales son tan difíciles de tratar y no existe una vacuna contra el sida. Lo que podría conducirnos a una concepción distinta de la enfermedad, entendiendo ésta como una pérdida del equilibrio inmunitario producida por infinidad de variables —entre ellas, la existencia de un medio más o menos infeccioso—, una concepción de sentido común en todas las medicinas y sistemas de sanación de todo el mundo, incluso entre los médicos que conocí en mi infancia.
Pero la concepción impuesta en la sociedad actual lleva a la prevalencia del “agente externo agresor” que hay que combatir hasta su extinción. Esta idea se convierte en una verdadera pesadilla y conduce a innumerables callejones sin salida, pero es axiomática para la comunidad científica sanitaria actualmente dominante, hasta convertirse en dogma incuestionable. Cualquier médico que matice o cuestione este modelo será expulsado de las corporaciones médicas y condenado al ostracismo. Y es conocido que las corporaciones médicas y su entorno —el Big Pharma— reúnen un nivel de poder e influencia incomparable —pensemos que alrededor del 40% del presupuesto de cualquier país europeo se dedica a sanidad—.
Como muchos han explicado, habría que decir que la “medicina científica” es la más poderosa entre las religiones hoy vigentes, ya que gobierna lo más íntimo, en los principales temas generadores de todas las religiones: la vulnerabilidad humana, el dolor, la decadencia, la muerte. Los agentes de esta institución omnipresente representan la clerecía más poderosa en nuestras sociedades “avanzadas”: desde antes de la concepción hasta el estado post-mortem, todo en nuestra vida debe estar medicalizado, y cada vez menos personas se atreven a tomar ninguna decisión sobre su vida y su salud sin el permiso de tales clérigos.
La obligatoriedad de la mascarilla simboliza lo que me atrevería a calificar de mutación antropológica: nuestros gobernantes, con el apoyo de pensadores de la altura de Byung-Chul Han, parecen estar decididos a que la cara no enmascarada comience a parecernos obscena
“El virus ha venido para quedarse”, nos predican cada día; “debemos irnos acostumbrando a la nueva normalidad, que no será la que conocimos hasta hace pocos meses”. No conozco ninguna campaña que pueda ser comparada en intensidad, agresividad y unanimidad a la que estamos sufriendo en esta pandemia por parte de todos los medios de masas. Su terminología es la de la guerra; su consecuencia, la obligatoriedad de la movilización total.
La obediencia es incuestionada y cualquier conato de rebeldía se tacha de irresponsabilidad… Y la obligatoriedad de la mascarilla simboliza lo que me atrevería a calificar de mutación antropológica: nuestros gobernantes, con el apoyo de pensadores de la altura de Byung-Chul Han, parecen estar decididos a que la cara no enmascarada comience a parecernos obscena.
Pero no es solo eso. He dicho que se trata de algo de fuerte carga simbólica. Una carga que trata de normalizar la situación que se impone en las catástrofes y amenazas producidas directamente por seres humanos: las guerras, el peligro de violadores, secuestradores de niños o asesinos en serie, etc. Clínicamente se llama paranoia, y quien la haya conocido sabe que se trata de una de las enfermedades más infernales del alma humana: vivir al otro, a cualquier otro, como agente de un poder implacable y todopoderoso que te va a devorar. Peor aún, que te mantiene en el infierno sin posibilidad de defensa, gozando con tu propio tortura.
Así vive el paranoico. Y ese es el tipo de psicosis a la que, con mayor o menor grado, nos estamos conduciendo. No se trata del miedo a una amenaza real, una respuesta adaptativa imprescindible de cualquier ser vivo, sino de la magnificación de un miedo hacia un ser omnipresente e intratable (“el virus mutante y asesino”) convertido en el verdadero rector de nuestras vidas. Sabiéndonos criaturas que solo pueden sobrevivir en el contacto de piel con piel, y que crecen en campos inmunitarios tanto físicos como simbólicos, sociales y políticos.
La conciencia de estas transformaciones no hace sino subrayar la centralidad de la biopolítica en cualquier reflexión sobre el tiempo presente. En uno de los artículos más interesantes publicados en esta crisis, Paul B. Preciado lo expresaba así: “Lo más importante que aprendimos de Foucault es que el cuerpo vivo (y por tanto mortal) es el objeto central de toda política. Il n’y a pas de politique qui ne soit pas une politique des corps (no hay política que no sea una política de los cuerpos). Pero el cuerpo no es para Foucault un organismo biológico dado sobre el que después actúa el poder. La tarea misma de la acción política es fabricar un cuerpo, ponerlo a trabajar, definir sus modos de reproducción, prefigurar las modalidades del discurso a través de las que ese cuerpo se ficcionaliza hasta ser capaz de decir ‘yo’.
Y, más adelante, “las distintas epidemias materializan, en el ámbito del cuerpo individual, las obsesiones que dominan la gestión política de la vida y de la muerte de las poblaciones en un periodo determinado. Por decirlo con términos de Foucault, una epidemia radicaliza y desplaza las técnicas biopolíticas que se aplican al territorio nacional hasta al nivel de la anatomía política, inscribiéndolas en el cuerpo individual… La gestión política de las epidemias pone en escena la utopía de comunidad y las fantasías inmunitarias de una sociedad, externalizando sus sueños de omnipotencia (y los fallos estrepitosos) de su soberanía política”.
Habrá mucho que pensar y hablar sobre la forma en que un “agente externo”, un virus en este caso, actúa a nuestra imagen y semejanza: despierta los fantasmas apenas controlados y reorganiza nuestra vida, nuestra convivencia y nuestra “coinmunidad”. Este último término es el que utilizó Peter Sloterdijk en una conferencia ante el senado francés en el 2009. Hace más de diez años, calificaba “la situación actual del mundo determinada claramente por el hecho de que no ofrece una coinmunidad eficiente a los miembros de la ‘sociedad mundial’. Al nivel más alto no existe ningún sistema de solidaridad operativamente convincente, sino una guerra clásica de grupos de intereses”.
Obviamente, nos introducimos aquí en el campo de la política global, en un momento en que parece haberse producido la “tormenta perfecta” para el desencadenamiento de una crisis sin precedentes que augura los peores presagios. Desgraciadamente, la hiperactividad de nuestros gobernantes sirve de pantalla a los verdaderos poderes fácticos, que callan e implementan sus estrategias. Si se desarrollan resistencias a las mismas no va a poder ser más desde posiciones periclitadas y de ineficacia histórica ampliamente demostrada.
Hoy, usando las sugerentes palabras de Preciado: “El cuerpo, tu cuerpo individual, como espacio vivo y como entramado de poder, como centro de producción y consumo de energía, se ha convertido en el nuevo territorio en el que las agresivas políticas de la frontera, que llevamos diseñando y ensayando durante años, se expresan en forma de barrera y guerra frente al virus. La nueva frontera necropolítica se ha desplazado desde las costas de Grecia hasta la puerta del domicilio privado. Lesbos empieza ahora en la puerta de tu casa. Y la frontera no para de cercarte, empuja hasta acercarse más y más a tu cuerpo. Calais te explota ahora en la cara. La nueva frontera es la mascarilla. El aire que respiras debe ser solo tuyo. La nueva frontera es tu epidermis. El nuevo Lampedusa es tu piel”.
Nadie posee “alternativas” fácticas a esta mutación pero, en cualquier caso, éstas no podrán desarrollarse como simples fórmulas. Germinarán de forma iluminadora de procesos vivos y dolorosamente paradójicos; de entre aquellas que sean capaces de tomar distancia de los caminos trillados tanto como de las intensas campañas de coacción ideológica, física y militar a la que seremos sometidos. Como recuerda Sloterdijk en el texto citado, “el cálculo coinmunitario explica por qué hay que sacrificar algo a un nivel bajo si se quiere conseguir algo a un nivel superior. Sobre esto se basan todas las donaciones e impuestos, todos los buenos modales y servicios, todas las ascesis y virtudes”.
El simple hecho de pronunciar palabras semejantes parece convertirnos en aliados de los darwinistas sociales, de aquellos que quieren hacer efectiva la aniquilación de esa mayoría excedente que hoy conforma la humanidad esquilmada y empujada a la muerte. En realidad, nos habla de la complejidad de la situación y de la necesidad de atrevernos a politizar las paradojas a las que nos veremos cada vez más intensamente sometidos.

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