EL FIN DE OCCIDENTE
Con cada nueva debacle —esta vez tocó Afganistán—, la pregunta de siempre: ¿se acerca Occidente a su ocaso? No es mala cosa empezar con lo bueno que la propia cuestión indica: seguimos siendo el líder a batir y aún molestamos a los bárbaros.
En el mundo hay otros proyectos de vida en
común, como la distopía comunista china, el fanatismo islámico, el reverencial
apego ruso a los líderes fuertes y sus mafias o las treinta y pico dictaduras
(una de cada cinco naciones) que aún colean. Estas alternativas suelen mofarse
de nuestra supuesta debilidad y hacen palmas con las orejas con cada uno de
nuestros fiascos. Pero aquí seguimos, como Leónidas y los suyos en el
desfiladero de las Termópilas, en nuestros puestos y todavía faro para muchos
de quienes malviven en esos lugares.
Pero sí, no puede negarse, se ciernen sobre nuestras cabezas negros nubarrones. ¿Estamos cerca del fin? Lo primero es preguntarnos de qué Occidente hablamos. Occidente es muchas cosas: Miguel Ángel, sí, y los centros de investigación y las universidades, las bodegas de la Rioja, la catedral de León, la libertad sexual, Bach, Shakespeare y Cervantes. Pero también









