14.9.26

En las grietas ya lo tienen todo porque en ellas abunda lo verdaderamente necesario

CASANDRA Y LOS MOVIMIENTOS VECINALES

Llevo tiempo dándole vueltas a una escena bastante extemporánea. Tendría lugar en cualquier plaza de alguna de nuestras ciudades. En realidad yo me la imagino en la plaza de mi barrio, con su iglesia al fondo, la fuente sin agua, sus tristes bancos al sol y ese par de absurdas palmeras. Hay una tarima por el lado de la iglesia desde la que Casandra, la sibila, se dirige a una pequeña multitud, la que cabe en la plaza.

Casandra sabe que, inevitablemente, sus advertencias caerán en saco roto. Apolo la maldijo en su momento. Nadie nunca habría de hacer caso a sus augurios, que, sin embargo, siempre se cumplirían. Pero Casandra está condenada, está obligada a anunciar lo que ahora ve: un enemigo insaciable, de mil cabezas, una ciudad asediada a punto de rendirse.

Rendirse es la consecuencia. La ciudad, motor de la historia, campo de luchas, y, sobre todo, espacio de vida cotidiana, hace un par de siglos comenzó ya a ser organizada en compartimentos: zonas para hacer compras, zonas de ocio, de finanzas, residenciales, a las que, a partir de entonces, solo se podría acceder en coche, en autobús, raramente a pie. Fue lo que Comité Invisible, denomina “el formateo de la vida”. Es decir, gestores, planificadores, organizaron la ciudad atendiendo a unas necesidades previamente establecidas, creadas y vendidas como inevitables. Fin de la ciudad: la ciudad como desierto.

Después, otra de las mil cabezas de ese monstruo glotón fue husmeando hasta encontrar dónde vivía la gente, y entró a sus hogares, con el cuerpo de un tasador inmobiliario, y también puso precio y construyó la necesidad de sacarle renta al suelo bajo la sagrada ley del mercado, y de esta forma una vivienda, un techo, se convirtió en lujo para quienes no habían tenido la suerte de ser propietarios, la gran mayoría. Vivir es un negocio. El piso que tú has dejado porque era imposible pagarlo, es ahora vivienda turística. La cabeza del monstruo del que Casandra nos habla te ha de perseguir allá donde vayas, cada vez más lejos.

Como la vida es un negocio, el enemigo de las mil cabezas se afanará para extraer toda la sustancia de ella. Querrá vernos producir, consumir, volver a producir, en un sueño inducido de abundancia y confort. Nos venderá el aire, la luz, la sed y el hambre. La ciudad será solo servidumbre de paso, grandes vías, ríos de coches. No quedará espacio para reunirse ni festejar, ni ganas de salir de tu habitación, pues las temperaturas serán año tras año cada vez más altas. De día el sol caerá implacable sobre calzadas y aceras. De noche ni una brisa.

El público que escucha, la pequeña multitud que ocupa la plaza, ve con sus ojos lo mismo que Casandra. Ven cómo su ciudad es entregada a los poderes financieros para que de ella extraigan sus grandes plusvalías, ese unto que alimenta a la bestia, con planes urbanísticos que harán aún más difícil sobrevivir en el barrio. Ven cada vez más turistas por sus calles, gente de paso. Se alojan en bajos enrejados, donde hasta hace no mucho estaba la tienda de los botones, o los ultramarinos; o en el piso en el que vivía el amigo al que no le quisieron prorrogar el contrato de arrendamiento.

Ven también que no quedan ya refugios, que no sean centros comerciales, donde pasar la tarde, reunirse, y protegerse de las lenguas de fuego que nos lanza cualquiera de las cabezas del monstruo insaciable. Esa pequeña multitud, cada una de las personas que escucha a Casandra, ve lo mismo que ella, pero en realidad algunas no sienten que la amenaza sea cierta. Representan una de las posiciones de los movimientos vecinales, y por ende una manera propia de afrontar el asedio.

Se trata quizás de la postura más extendida. El miedo les ha enseñado a aceptar las reglas del enemigo, de modo que, cuando se les requiere, sus representantes se sientan junto al monstruo, que ahora adopta el cuerpo de un simpático concejal de urbanismo, y negocian algunas mejoras; por ejemplo, en el plan de actuación integral en curso, poca cosa: si se les pudiera permitir pequeños huertos entre las torres; si a lo mejor convendría extender un vial, si estaría bien ampliar algo el porcentaje de viviendas protegidas.

Admiten que las promotoras tienen derecho a sus beneficios, que para eso invierten, y opinan que los problemas de acceso a la vivienda se solucionan construyendo más, que es lo mismo que plantea el “abundantismo”, esa corriente que Santiago Muiño, en un artículo reciente explica, abraza y desarrolla, porque, según parece, urge un nuevo periodo de expansión material, que incluya “procesos masivos de construcción de nuevas viviendas”, para recuperar la feliz abundancia como objetivo, y así escapar del culto a la escasez, tan poco atractivo, que aquellos otros profesan, los que están sentados más cerca de Casandra.

Esos, los que escuchan desde más cerca a Casandra, son también movimiento vecinal, pero, aunque ellos sí sienten que la amenaza es cierta, no tienen miedo porque tampoco tienen ya nada que perder. Toman, okupan, hacen, prefiguran en su lucha cotidiana el día de la victoria definitiva. Se apropian del tiempo donde habita el monstruo, que es tanto el tiempo que avanza en los relojes del sistema, el que, con palabras del Comité Invisible, “solo es percibido ya como una lenta progresión hacia un final probablemente espantoso”.

Como el que, según W. Benjamin, aterrorizaba la mirada hacia atrás del Ángel de la historia, de Paul Klee: “ve una catástrofe única que amontona ruinas sobre ruinas, arrojándolas a sus pies”. Se apropian del tiempo para no rendirse. Para rehacer la vida eligen vivir en las grietas, esos lugares donde nunca ha llegado aún un planificador, un gestor; lugares de los que el monstruo no puede sacar ganancia: el tercer paisaje, improductivo, que estudió el jardinero Gilles Clément, y cuya improductividad, dice, hay que elevar a rango político.

En las grietas, en los límites de la ciudad, recuperan huertas (de la misma manera que, cuando aún era preciso, los viejos anarquistas se apropiaron de las minas para mantenerlas), crean y cuidan jardines vecinales, centros sociales comunitarios. En las grietas ya lo tienen todo porque en ellas abunda lo verdaderamente necesario. Es lo que en la Comuna parisina de 1870 denominaban “lujo comunal”, y que Kristin Ross asocia a esos huertos comunitarios de albaricoques en flor en el centro de un Londres nuevo, sin héroes imperiales, que se imagina el communard William Morris, es decir, se asocia a la urgencia de “encontrar criterios de riqueza distintos de la carrera cuantitativa hacia el crecimiento y la sobreproducción”.

Fin de la escena. Casandra recogerá sus cosas y bajará del estrado. En un murmullo, la pequeña multitud se irá disolviendo por las calles del barrio. Ya es de noche y despacio yo también voy regresando. Antes de subir a casa, me siento en un banco y escucho. Más allá del oleaje de los coches se oye un latido sordo, como golpes de ariete contra un portón no tan lejano.

Rafael Daza Bravo

https://www.15-15-15.org/webzine/2026/09/10/casandra-y-los-movimientos-vecinales/  

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