CASANDRA Y LOS MOVIMIENTOS VECINALES
Llevo tiempo dándole vueltas a una escena bastante
extemporánea. Tendría lugar en cualquier plaza de alguna de nuestras ciudades.
En realidad yo me la imagino en la plaza de mi barrio, con su iglesia al fondo,
la fuente sin agua, sus tristes bancos al sol y ese par de absurdas palmeras.
Hay una tarima por el lado de la iglesia desde la que Casandra, la sibila, se
dirige a una pequeña multitud, la que cabe en la plaza.
Casandra sabe que, inevitablemente, sus advertencias caerán en saco roto. Apolo la maldijo en su momento. Nadie nunca habría de hacer caso a sus augurios, que, sin embargo, siempre se cumplirían. Pero Casandra está condenada, está obligada a anunciar lo que ahora ve: un enemigo insaciable, de mil cabezas, una ciudad asediada a punto de rendirse.
Rendirse es la consecuencia. La ciudad, motor de la
historia, campo de luchas, y, sobre todo, espacio de vida cotidiana, hace un
par de siglos comenzó ya a ser organizada en compartimentos: zonas para hacer
compras, zonas de ocio, de finanzas, residenciales, a las que, a partir de
entonces, solo se podría acceder en coche, en autobús, raramente a pie. Fue lo
que Comité Invisible, denomina “el formateo de la
vida”. Es decir, gestores, planificadores, organizaron la ciudad atendiendo a
unas necesidades previamente establecidas, creadas y vendidas como inevitables.
Fin de la ciudad: la ciudad como desierto.
Después, otra de las mil cabezas de ese monstruo glotón fue
husmeando hasta encontrar dónde vivía la gente, y entró a sus hogares, con el
cuerpo de un tasador inmobiliario, y también puso precio y construyó la
necesidad de sacarle renta al suelo bajo la sagrada ley del mercado, y de esta
forma una vivienda, un techo, se convirtió en lujo para quienes no habían
tenido la suerte de ser propietarios, la gran mayoría. Vivir es un negocio. El
piso que tú has dejado porque era imposible pagarlo, es ahora vivienda
turística. La cabeza del monstruo del que Casandra nos habla te ha de perseguir
allá donde vayas, cada vez más lejos.
Como la vida es un negocio, el enemigo de las mil cabezas se
afanará para extraer toda la sustancia de ella. Querrá vernos producir,
consumir, volver a producir, en un sueño inducido de abundancia y confort. Nos
venderá el aire, la luz, la sed y el hambre. La ciudad será solo servidumbre de
paso, grandes vías, ríos de coches. No quedará espacio para reunirse ni
festejar, ni ganas de salir de tu habitación, pues las temperaturas serán año
tras año cada vez más altas. De día el sol caerá implacable sobre calzadas y
aceras. De noche ni una brisa.
El público que escucha, la pequeña multitud que ocupa la
plaza, ve con sus ojos lo mismo que Casandra. Ven cómo su ciudad es entregada a
los poderes financieros para que de ella extraigan sus grandes plusvalías, ese unto
que alimenta a la bestia, con planes urbanísticos que harán aún más difícil
sobrevivir en el barrio. Ven cada vez más turistas por sus calles, gente de
paso. Se alojan en bajos enrejados, donde hasta hace no mucho estaba la tienda
de los botones, o los ultramarinos; o en el piso en el que vivía el amigo al
que no le quisieron prorrogar el contrato de arrendamiento.
Ven también que no quedan ya refugios, que no sean centros
comerciales, donde pasar la tarde, reunirse, y protegerse de las lenguas de fuego
que nos lanza cualquiera de las cabezas del monstruo insaciable. Esa pequeña
multitud, cada una de las personas que escucha a Casandra, ve lo mismo que
ella, pero en realidad algunas no sienten que la amenaza sea cierta.
Representan una de las posiciones de los movimientos vecinales, y por ende una
manera propia de afrontar el asedio.
Se trata quizás de la postura más extendida. El miedo les ha
enseñado a aceptar las reglas del enemigo, de modo que, cuando se les requiere,
sus representantes se sientan junto al monstruo, que ahora adopta el cuerpo de
un simpático concejal de urbanismo, y negocian algunas mejoras; por ejemplo, en
el plan de actuación integral en curso, poca cosa: si se les pudiera permitir
pequeños huertos entre las torres; si a lo mejor convendría extender un vial,
si estaría bien ampliar algo el porcentaje de viviendas protegidas.
Admiten que las promotoras tienen derecho a sus beneficios,
que para eso invierten, y opinan que los problemas de acceso a la vivienda se
solucionan construyendo más, que es lo mismo que plantea el “abundantismo”, esa
corriente que Santiago Muiño, en un artículo reciente explica,
abraza y desarrolla, porque, según parece, urge un nuevo periodo de expansión
material, que incluya “procesos masivos de construcción de nuevas viviendas”,
para recuperar la feliz abundancia como objetivo, y así escapar del culto a la
escasez, tan poco atractivo, que aquellos otros profesan, los que están
sentados más cerca de Casandra.
Esos, los que escuchan desde más cerca a Casandra, son
también movimiento vecinal, pero, aunque ellos sí sienten que la amenaza es
cierta, no tienen miedo porque tampoco tienen ya nada que perder. Toman,
okupan, hacen, prefiguran en su lucha cotidiana el día de la victoria
definitiva. Se apropian del tiempo donde habita el monstruo, que es tanto el
tiempo que avanza en los relojes del sistema, el que, con palabras del Comité
Invisible, “solo es percibido ya como una lenta progresión hacia un final
probablemente espantoso”.
Como el que, según W. Benjamin, aterrorizaba la mirada hacia
atrás del Ángel de la historia, de Paul Klee: “ve una catástrofe única que
amontona ruinas sobre ruinas, arrojándolas a sus pies”. Se apropian del tiempo
para no rendirse. Para rehacer la vida eligen vivir en las grietas, esos lugares
donde nunca ha llegado aún un planificador, un gestor; lugares de los que el
monstruo no puede sacar ganancia: el tercer paisaje, improductivo, que estudió
el jardinero Gilles Clément, y cuya improductividad, dice, hay que elevar a
rango político.
En las grietas, en los límites de la ciudad, recuperan
huertas (de la misma manera que, cuando aún era preciso, los viejos anarquistas
se apropiaron de las minas para mantenerlas), crean y cuidan jardines
vecinales, centros sociales comunitarios. En las grietas ya lo tienen todo
porque en ellas abunda lo verdaderamente necesario. Es lo que en la Comuna
parisina de 1870 denominaban “lujo comunal”, y que Kristin Ross asocia a esos huertos comunitarios de albaricoques
en flor en el centro de un Londres nuevo, sin héroes imperiales, que se imagina
el communard William Morris, es
decir, se asocia a la urgencia de “encontrar criterios de riqueza distintos de
la carrera cuantitativa hacia el crecimiento y la sobreproducción”.
Fin de la escena. Casandra recogerá sus cosas y bajará del
estrado. En un murmullo, la pequeña multitud se irá disolviendo por las calles
del barrio. Ya es de noche y despacio yo también voy regresando. Antes de subir
a casa, me siento en un banco y escucho. Más allá del oleaje de los coches se oye
un latido sordo, como golpes de ariete contra un portón no tan lejano.
https://www.15-15-15.org/webzine/2026/09/10/casandra-y-los-movimientos-vecinales/

No hay comentarios:
Publicar un comentario