10.9.26

Placer de compartir tiempo con quienes forman parte de tu vida alrededor de una mesa

ODA A LA SOBREMESA                          

Primero la comida. Después, lo importante: esa clásica prórroga consciente del placer que supone compartir tiempo con quienes forman parte de tu vida alrededor de platos a medio terminar. Comer en compañía es compartir historias y reforzar vínculos, pero, sobre todo, ganar espacio en la memoria de los que nos rodean y sentirnos más satisfechos con nuestra vida.

El festín ha terminado hace rato, pero nadie se levanta. En la mesa sobres de azúcar rasgados por la mitad, tazas de café vacías, servilletas arrugadas, varios platos con migas de pan, restos de tartas de queso y mousses de limón. Alguien empieza a contar una historia. Otro interrumpe. Se habla de cualquier tema y, a veces, de todo lo que se ha ido postergando hasta este preciso instante.

La Real Academia Española (RAE) define a este «tiempo a la mesa después de haber comido» como sobremesa. Esa es la acepción oficial pero, en realidad, tiene más sentido hablar de ella como una prórroga consciente del placer que supone compartir tiempo con quienes forman parte de tu vida alrededor de una mesa. En la mayoría de ocasiones, la comida pasa a un segundo plano, convirtiéndose en un prólogo de todo lo que vendrá después: confesiones, anécdotas, recuerdos compartidos.

Ese tiempo añadido alrededor de la mesa también deja huella en el cuerpo. Diversos estudios observacionales indican que las personas que comparten comidas de forma regular tienen una alimentación de mayor calidad y con menos presencia de ultraprocesados. En niños y adolescentes, comer en familia se asocia con una relación más saludable con la comida y con menores tasas de obesidad.

No es casualidad, por tanto, que la nueva pirámide del estilo de vida mediterráneo para niños y jóvenes, publicada en 2025 en Advances in Nutritionsitúe la sociabilidad y el tiempo compartido en torno a la mesa como cimiento fundamental.

Además, en 2017, el antropólogo biológico Robin Dunbar, de la Universidad de Oxford, observó que quienes realizan comidas compartidas frecuentemente reportaban niveles superiores de satisfacción vital y veían más activados los mecanismos cerebrales relacionados con el apego y la confianza.

En otras palabras: la felicidad autopercibida era directamente proporcional al número de comidas compartidas a la semana y, en países como España, Italia o Portugal, ese cifra rondaba nueve comidas semanales, muy por encima de otros países. La dieta mediterránea, tan estudiada por sus beneficios cardiovasculares, no se sostiene únicamente sobre el aceite de oliva, las legumbres o el pescado, sino también sobre el contexto en el que se come.

Una palabra difícil de traducir

La sobremesa nos regala espacio en la historia: nuestra capacidad para hilar largas comidas con conversaciones eternas alrededor de los alimentos deja circular relatos familiares, códigos afectivos y emociones que transmiten, de forma casi invisible, una manera de estar y permanecer en la memoria. Es patrimonio intangible de nuestra cultura, así que no es de extrañar que su concepto sea difícil de traducir a otros idiomas.

El término italiano dopocena, por ejemplo, a pesar de significar literalmente «después de la cena», no se corresponde a nuestra costumbre. También se puede utilizar para referirse al ocio, pero a menudo implica hacer una actividad diferente o en un lugar distinto (como salir a tomar algo o dar un paseo), no quedarse sentado a la mesa hablando durante horas.

En inglés, por otro lado, no existe una palabra similar ni equivalente. Lo más parecido sería table talk («conversación de mesa»), pero la expresión se queda corta y no engloba el momento concreto de después de comer o cenar.

En muchos países anglosajones, de hecho, es habitual que los camareros se acerquen varias veces a la mesa a preguntarte «Are you still working on that?», traducido literalmente como «¿Todavía estás trabajando en eso?», si ven el plato medio lleno. Lo que te están preguntando es si pueden retirarlo, normalmente porque estás comiendo lentamente o charlando mientras tanto. Es una forma educada de recordarte que a tu comida se le ha adjudicado un tiempo de aproximadamente 45 minutos, o una hora si nos ponemos generosos. Una mesa ocupada que no consume es negocio perdido.

Esto también está cobrando cierto protagonismo en las grandes ciudades de España, donde la afluencia de comensales es cada vez más densa y, en consecuencia, la sobremesa se convierte casi en un estorbo logístico.

Así, aunque en nuestra cultura comer nunca se haya tratado solo de comer, muchos restaurantes están poniendo hora de caducidad a las mesas a través del doble turno porque, según numerosos hosteleros, esto facilita la previsión de compras, la dimensión de equipos y los ajustes de horarios. Si has reservado para comer a las nueve, a las diez y media, como tarde, tienes que estar fuera. Y si llegas tarde, tendrás que comer a contrarreloj.

No se trata de una lógica nueva, sino de una forma de organización del tiempo y de la vida social mucho más asentada en otros contextos culturales donde, incluso cuando se come en compañía, la experiencia suele ser más breve y funcional. En consecuencia, ese afán por la eficiencia se filtra a la propia vida social: la quedada para ponerse al día con semanas de antelación, el café rápido antes de hacer otra cosa o las citas que se limitan a un cóctel para poder terminar cuanto antes son algunos ejemplos. Las relaciones sociales se acotan y se optimizan; se convierten en un compromiso más que encajar entre otros tantos.

Ir rápido nunca ha sido humano

En un mundo que premia la productividad, la eficiencia y la optimización constante del tiempo, quedarse sin hacer nada «útil» es ir a contracorriente. Y, sin embargo, alargar la conversación cuando ya podríamos estar haciendo cualquier otra cosa es algo que nos pide el cuerpo —y también la mente—. Quizá por eso seguimos concediéndonos ese rato de más: porque la sobremesa remite a una tradición que nos acompaña desde hace siglos.

En la Grecia clásica, por ejemplo, el symposion comenzaba cuando la comida había terminado: era entonces cuando se mezclaban el vino, la conversación y la música. Podríamos también apuntar a las conversaciones posteriores en las cenas bíblicas como formas tempranas de sobremesa. Sea cual sea el origen exacto, es una costumbre que parece haber prosperado en los lugares y contextos donde el tiempo lo permitía y donde la comida no se entendía solo como combustible, sino como excusa para reunirse.

De forma inevitable, la sobremesa también se ha consolidado como uno de los escenarios más icónicos de las artes. Está presente en obras célebres como La última cena de Da Vinci o El banquete en el Bosque de Pinos de Botticelli, y también en obras más contemporáneas, como la exposición Plats Bruts, de Ignasi Monreal.

En la ficción funciona incluso como un espacio narrativo que nos permite ver quién ocupa qué lugar a través de lo que se dice, pero también de cómo se actúa. Un ejemplo clásico es el de Los Soprano, donde muchas escenas memorables suceden durante sobremesas familiares: se negocian lealtades, se normalizan silencios y se revelan jerarquías. También ocurre en películas más recientes como Los Domingos y Romería, ambas centradas en dinámicas familiares. Incluso el Tiny Desk de Tangana llevó esta lógica a otro terreno al convertir una sobremesa en un concierto, haciendo de esa intimidad compartida una parte esencial del espectáculo. Porque no todo lo importante tiene que ser eficiente.

En la mesa, el tiempo siempre sabe mejor cuando lo compartes con otros.

Icíar Fernández

https://igluu.es/oda-a-la-sobremesa/  

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