ODA A LA SOBREMESA
Primero la comida. Después, lo importante: esa clásica prórroga consciente del placer que supone compartir tiempo con quienes forman parte de tu vida alrededor de platos a medio terminar. Comer en compañía es compartir historias y reforzar vínculos, pero, sobre todo, ganar espacio en la memoria de los que nos rodean y sentirnos más satisfechos con nuestra vida.
El festín ha terminado hace rato, pero nadie se levanta. En la mesa sobres de azúcar rasgados por la mitad, tazas de café vacías, servilletas arrugadas, varios platos con migas de pan, restos de tartas de queso y mousses de limón. Alguien empieza a contar una historia. Otro interrumpe. Se habla de cualquier tema y, a veces, de todo lo que se ha ido postergando hasta este preciso instante.
La Real Academia
Española (RAE) define a este «tiempo a la mesa después de haber comido» como sobremesa. Esa es la
acepción oficial pero, en realidad, tiene más sentido hablar de ella como una
prórroga consciente del placer que supone compartir tiempo con quienes
forman parte de tu vida alrededor de una mesa. En la mayoría de ocasiones,
la comida pasa a un segundo plano, convirtiéndose en un prólogo de todo lo que
vendrá después: confesiones, anécdotas, recuerdos compartidos.
Ese tiempo añadido alrededor de la mesa también deja huella
en el cuerpo. Diversos estudios observacionales indican que las personas que
comparten comidas de forma regular tienen una alimentación de mayor calidad y
con menos presencia de ultraprocesados. En niños y adolescentes, comer en familia se asocia con una relación
más saludable con la comida y con menores tasas de obesidad.
No es casualidad, por tanto, que la nueva pirámide del
estilo de vida mediterráneo para niños y jóvenes, publicada en 2025 en Advances
in Nutrition, sitúe la
sociabilidad y el tiempo compartido en torno a la mesa como cimiento
fundamental.
Además, en 2017, el antropólogo biológico Robin Dunbar, de
la Universidad de Oxford, observó que quienes realizan comidas compartidas
frecuentemente reportaban niveles superiores de satisfacción vital y veían más
activados los mecanismos
cerebrales relacionados con el apego y la confianza.
En otras palabras: la felicidad autopercibida era
directamente proporcional al número de comidas compartidas a la semana y,
en países como España, Italia o Portugal, ese cifra rondaba nueve comidas
semanales, muy por encima de otros países. La dieta mediterránea, tan estudiada por sus beneficios cardiovasculares,
no se sostiene únicamente sobre el aceite de oliva, las legumbres o el pescado,
sino también sobre el contexto en el que se come.
Una palabra difícil
de traducir
La sobremesa nos regala espacio en la historia: nuestra
capacidad para hilar largas comidas con conversaciones eternas alrededor de los
alimentos deja circular relatos familiares, códigos afectivos y emociones que
transmiten, de forma casi invisible, una manera de estar y permanecer en la
memoria. Es patrimonio intangible de nuestra cultura, así que no es de extrañar
que su concepto sea difícil de traducir a otros idiomas.
El término italiano dopocena, por ejemplo, a
pesar de significar literalmente «después de la cena», no se corresponde a
nuestra costumbre. También se puede utilizar para referirse al ocio, pero a
menudo implica hacer una actividad diferente o en un lugar distinto (como salir
a tomar algo o dar un paseo), no quedarse sentado a la mesa hablando durante
horas.
En inglés, por otro lado, no existe una palabra similar ni
equivalente. Lo más parecido sería table talk («conversación
de mesa»), pero la expresión se queda corta y no engloba el momento concreto
de después de comer o cenar.
En muchos países anglosajones, de
hecho, es habitual que los camareros se acerquen varias veces a la mesa a
preguntarte «Are you still
working on that?», traducido literalmente como «¿Todavía estás
trabajando en eso?», si ven el plato medio lleno. Lo que te están preguntando
es si pueden retirarlo, normalmente porque estás comiendo lentamente o
charlando mientras tanto. Es una
forma educada de recordarte que a tu comida se le ha adjudicado un tiempo de
aproximadamente 45 minutos, o una hora si nos ponemos generosos. Una
mesa ocupada que no consume es negocio perdido.
Esto también está cobrando cierto protagonismo en las
grandes ciudades de España, donde la afluencia de comensales es cada vez más
densa y, en consecuencia, la sobremesa se convierte casi en un estorbo
logístico.
Así, aunque en nuestra cultura comer nunca se haya tratado
solo de comer, muchos restaurantes
están poniendo hora de caducidad a las mesas a través del doble turno porque,
según numerosos hosteleros, esto facilita la previsión de compras, la
dimensión de equipos y los ajustes de horarios. Si has reservado para comer a
las nueve, a las diez y media, como tarde, tienes que estar fuera. Y si llegas
tarde, tendrás que comer a contrarreloj.
No se trata de una lógica nueva, sino de una forma de
organización del tiempo y de la vida social mucho más asentada en otros
contextos culturales donde, incluso cuando se come en compañía, la experiencia
suele ser más breve y funcional. En consecuencia, ese afán por la eficiencia se
filtra a la propia vida social: la quedada para ponerse al día con semanas de
antelación, el café rápido antes de hacer otra cosa o las citas que se limitan
a un cóctel para poder terminar cuanto antes son algunos ejemplos. Las relaciones sociales se acotan y se
optimizan; se convierten en un compromiso más que encajar entre otros tantos.
Ir rápido nunca ha
sido humano
En un mundo que premia la productividad, la eficiencia y la
optimización constante del tiempo, quedarse sin hacer nada «útil» es ir a
contracorriente. Y, sin embargo, alargar la conversación cuando ya podríamos
estar haciendo cualquier otra cosa es algo que nos pide el cuerpo —y también la
mente—. Quizá por eso seguimos concediéndonos ese rato de más: porque la sobremesa remite a una tradición
que nos acompaña desde hace siglos.
En la Grecia clásica, por ejemplo, el symposion comenzaba
cuando la comida había terminado: era entonces cuando se mezclaban el vino, la
conversación y la música. Podríamos también apuntar a las conversaciones
posteriores en las cenas bíblicas como formas tempranas de sobremesa. Sea cual
sea el origen exacto, es una
costumbre que parece haber prosperado en los lugares y contextos donde el
tiempo lo permitía y donde la comida no se entendía solo como combustible, sino
como excusa para reunirse.
De forma inevitable, la sobremesa también se ha consolidado
como uno de los escenarios más icónicos de las artes. Está presente en obras
célebres como La última cena de
Da Vinci o El
banquete en el Bosque de Pinos de Botticelli, y también en
obras más contemporáneas, como la exposición Plats Bruts, de Ignasi
Monreal.
En la ficción funciona incluso como un espacio narrativo que
nos permite ver quién ocupa qué lugar a través de lo que se dice, pero también
de cómo se actúa. Un ejemplo clásico es el de Los Soprano, donde
muchas escenas memorables suceden durante sobremesas familiares: se negocian
lealtades, se normalizan silencios y se revelan jerarquías. También ocurre en
películas más recientes como Los Domingos y Romería, ambas
centradas en dinámicas familiares. Incluso el Tiny Desk de
Tangana llevó esta lógica a otro terreno al convertir una sobremesa en un
concierto, haciendo de esa intimidad compartida una parte esencial del
espectáculo. Porque no todo lo importante tiene que ser eficiente.
En la mesa, el tiempo siempre sabe mejor cuando lo compartes
con otros.
Icíar Fernández
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