14/12/10

REFLEXIÓ NADALENCA

La Navidad, la muerte y el centro comercial

La cultura es la respuesta del ser humano ante su conciencia de la muerte. Y cuando la calavera se acerca, reaccionamos automáticamente incrementando la cantidad de cultura consumida. La cultura es vida para la mente, así que es lógico que ante una amenaza de tal calibre procure rodearse de aquello que le hace creer que es inmortal. O, por lo menos, que verá el próximo enero.

¿Dónde se encuentran las ocasiones en las que esta amenaza se hace más patente? Básicamente, en todas aquellas situaciones en las que se aprecia de forma inequívoca la fugacidad del tiempo. Chronos es el dios fundamental de la mente, y no hay nada más terrorífico que constatar que el depósito de días, horas y minutos va menguando, tal y como ocurre en aniversarios, cambios de estación, cambios de año y rituales de paso tales como comuniones y bodas.

Navidad indica que un ciclo termina.
El tiempo se acaba. ¿No nos volvemos frenéticos por estas fechas? Nos lanzamos a adquirir abundante comida especial, y es especial porque daña considerablemente el organismo. Drogas disfrazadas de viandas, con las que se merma la vitalidad y se embota el raciocinio, lo cual es precisamente lo que se persigue: eludir la desagradable sensación de que adviene un final de ciclo. Igualmente se adquieren abundantes regalos inútiles, ya que lo que interesa en este momento es arroparse con ellos. Su utilidad real es algo secundario en un momento tan crítico. Luego visitamos a la familia, y a los amigos les deseamos toda clase de prosperidad, incluso los enemigos declarados pueden llegar a perdonarse temporalmente sus mutuas ofensas. Agape, la vida de la mente, hace un esfuerzo por derrotar todo aquello que suene a Thanatos, y el odio es una forma de muerte, por lo que se destierra hasta primeros de año.

Y, en fin, elevamos el tono de voz, nos obligamos a estar más alegres, encendemos más luces, más velas, más fuegos, escuchamos más música, salimos por las noches, dormimos poco, todo mientras una sensación de “¿pero-por-qué-estoy-tan-triste-con-tanta-felicidad?” va torciendo el “espíritu navideño.”

Contemplar este fenómeno en un centro comercial constituye toda una enseñanza espiritual. Párate y simplemente mira. Mira a las gentes huyendo de un terror del que no son conscientes. No saben lo que están haciendo, sólo sienten un oscuro impulso hacia el consumismo desenfrenado. Ingenuos, pretenden escapar de la muerte, de una forma similar a la de las tribus primitivas: exaltando los logros, las conquistas que la mente humana ha cristalizado en una extensísima variedad cultural. No les juzgues, antes de hacer eso mira profundamente en tu interior, con total honestidad.

A ti te ocurre lo mismo. Sí, ya sé que has adquirido ese nivel tan elevado de conciencia, felicidades, pero si sólo expresas ese nivel, te has construido un nuevo refugio. Has olvidado que tu mente contiene también todos los niveles inferiores, esos que ahora mismo desprecias. Te has mutilado para parecer santo a tus propios ojos. Has escondido y cerrado bajo llave tus ansias de carne, de dulces, de sexo, de risas, de baile, de todo el estruendo del mundo. Es así como aparece el vegetariano, el meditador, el cristiano intachable.

Sal de ese refugio también. Sé osado y permite que también te abandone la “paz del espíritu”. El resto de tus niveles de conciencia sienten un miedo atroz ante la muerte. No les niegues brutalmente el analgésico que reclaman por estas fechas, pues corres el riesgo de que se amotinen contra su autoerigido jefecillo espiritual. Y con el jefe encerrado, se entregarán -lo sabes muy bien- a la compulsión compensatoria a través de excesos culturales.

Así que una de esas personas contempla, es verdad, pero el resto son entidades de diversos niveles de conciencia que en realidad medran en tu interior. Tú eres el centro comercial. Todo lo que ves es un símbolo exacto de las entidades que habitan tu mente. Cuesta de creer, ¿verdad? Esa es una de las certezas más extrañas y lejanas que un ser humano puede alcanzar. Y eso -y no las bobadas de la Nueva Era- es compasión. Ver con completa lucidez que los demás son tú. Atiende también a esas entidades, son tu base, y lo han sido durante milenios. No les hagas creer que son inferiores. Y, sobre todo, no te creas que tú eres únicamente ese último (y tan superior) peldaño.

Si por alguna razón ves esto, recibirás un golpe terrible, y tu ego se verá obligado a ensancharse lo suficiente como para dar cabida a todos, sin excepción, desde el rey hasta el ladrón.

Entonces, cómprale un buen regalo a tus padres. Luego come, bebe y baila con el resto de los mortales, porque tú eres uno de ellos.

Y feliz Navidad.

Gunther Emde
13.12.2010
http://silencioparatuvida.blogspot.com/

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