EL PROBLEMA DEL DIÁLOGO
En una reciente estancia en Buenos Aires un amigo me invitó a reunirme con él y con otro profesional para estudiar cómo se podía favorecer el diálogo en una sociedad tan polarizada como la de Argentina. Me decían con rotundidad que la grieta era insuperable y que el diálogo era imposible.
Lo que me contaban traía a mi memoria aquel famoso cuadro de Goya
del «Duelo a garrotazos» en el que dos labriegos luchan a bastonazos en un
paraje desolado con el que a veces se representa a la sociedad española. Ya se
ve que el problema del diálogo tiene escala internacional y no solo local.
Ludwig Wittgenstein, uno de los pensadores más profundos del pasado siglo, anota en una de sus publicaciones póstumas que «Cuando dos principios se encuentran realmente y no pueden reconciliarse entre sí, entonces cada uno declara al otro un loco y un hereje».
Esta certera observación aparece al final de una breve serie de notas en las que Wittgenstein imagina el caso de unas personas que toman sus decisiones consultando un oráculo, en lugar de hacerlo mediante razonamientos científicos. Lo que está diciendo Wittgenstein es que cuando dos marcos de pensamiento chocan en un nivel básico, la discusión racional se paraliza: en vez de persuadirse mutuamente, cada parte termina descalificando o insultando a la otra.La palabra «diálogo» se remonta a los griegos para referirse a una «plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos», a una «obra literaria, en prosa o en verso, en que se finge una plática o controversia entre dos o más personajes», o más en general una «discusión o trato en busca de avenencia».
Las tres acepciones que nos
proporciona el Diccionario de la lengua española son atinadas
y expresan los diversos elementos que el término «diálogo» encierra: que se
trata preferentemente de una discusión o plática entre dos, que busca el
acuerdo y que fue idealmente representada en los diálogos platónicos.
Personalmente no me gusta la palabra «diálogo» pues parece
predecir que quienes dialogan no se van a poner de acuerdo. De hecho, a menudo
se habla del diálogo entre ciencia y religión, entre oriente y occidente, entre
creyentes y no creyentes, o tantas otras combinaciones semejantes, pero ya la elección
de la palabra «diálogo» para encuadrar ese evento parece predecir que el
acuerdo será imposible.
En esta misma dirección, he participado con relativa frecuencia como jurado en concursos de debate entre estudiantes de secundaria o universitarios, sea en inglés o en castellano. A los jóvenes les gusta mucho y de hecho esta actividad es un valioso recurso educativo que les hace sentirse protagonistas de su proceso de aprendizaje.
En la organización de los debates los dos grupos han estudiado previamente el tema que van a debatir, pero solo al comienzo se decide por sorteo qué posición va a defender cada equipo; por ejemplo, si los móviles son útiles o perjudiciales para la formación de los jóvenes. La estrategia del sorteo obliga a que estudien los argumentos a favor y los argumentos en contra de la tesis propuesta, independientemente de su opinión personal: esto les ayuda a descubrir que hay razones contrapuestas, que merecen respeto y que hay que considerar con atención.
El jurado no decide qué
equipo tiene razón, sino cuál ha defendido su posición con más habilidad y
capacidad de persuasión.
Por supuesto, aprender la técnica del debate puede parecer a
algunos como una peligrosa iniciación en la dialéctica de los sofistas que
lleva al relativismo. Sin embargo, los buenos abogados y los buenos oradores
políticos han de aprender a defender persuasivamente sus posiciones. El
descubrir las múltiples facetas de un problema y el diverso alcance de las
razones que apoyan a las opiniones opuestas a la propia, enriquece nuestra
comprensión. Sin embargo, lo que me gusta menos de los debates académicos es
que la competición favorece que quienes defienden la posición contraria sean
vistos como enemigos o rivales.
Este es un punto nuclear para comprender por qué tan a
menudo resulta problemático el diálogo y por qué hay una desconfianza
generalizada acerca de la utilidad de los diálogos en cualquier campo. Si la
otra persona es percibida como un oponente o como una amenaza se bloquea la
capacidad de escucha. La dimensión emocional de la discrepancia torna imposible
una escucha razonable.
Por este motivo, a mí más que los diálogos lo que me gusta
es la conversación, muchas veces en torno a unas cervezas o a una grata comida.
Defender la conversación es defender un marco amable de encuentro en el que
escucharse unos a otros, sin necesidad de llegar a un acuerdo. Esto es así
porque —como decía Popper— quienes conversan están de acuerdo en estar en
desacuerdo, y eso es precisamente lo que hace más apasionante la conversación.
https://filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com/2026/04/02/el-problema-del-dialogo/

No hay comentarios:
Publicar un comentario