DE LA GENERACIÓN SALVAJE A LA DE CRISTAL
No hace mucho publiqué un artículo titulado La última generación salvaje. En él describía una infancia que hoy parece casi exótica: tardes interminables en la calle, autonomía, ausencia de agendas, padres que no sabían exactamente dónde estabas… y tampoco lo necesitaban.Una
generación educada en la intemperie, no por dejadez, sino por normalidad.
Muchos lectores se reconocieron en ese retrato. Algunos incluso se sintieron,
por una vez, elogiados. Pero aquel artículo solo contaba una parte de la
historia. La más estimulante
Sin embargo, esa misma generación que aprendió a amar la libertad, a saborearla con deleite, protagonizó después una de las paradojas más llamativas de las últimas décadas: transformó el riesgo que la había formado en algo inaceptable para sus hijos. La autonomía pasó a parecernos negligencia. La calle, una amenaza. El error, una tragedia emocional en potencia.









