COOPERATIVIZAR LA VIDA ENTERA
EL SALTO DE ESCALA DE
LA ECONOMÍA SOCIAL Y SOLIDARIA
Frente al sálvese quien pueda del mercado, el cooperativismo
integral emerge no como un refugio idílico, sino como una infraestructura
material y política capaz de unificar producción, consumo y cuidados bajo el
control comunitario
Vivimos tiempos de repliegue. Frente a las sucesivas crisis ecosociales (manifestación de que los límites biofísicos del planeta han sido sobrepasados por un modelo socioeconómico insostenible, que genera desigualdades, pobreza y conflictos sociopolíticos), la tentación de construir trincheras es fuerte.
En enero de 2024 analizábamos en estas páginas cómo el cooperativismo en nuestros pueblos ha sido, históricamente, esa primera línea de defensa del territorio y el apoyo mutuo frente a las lógicas del libre mercado.
Más tarde, en mayo de 2025, dábamos un paso más al abordar cómo la acción colectiva y la economía social resultan herramientas indispensables para blindar el derecho a la salud comunitaria de las garras de la privatización y la precarización.Sin embargo,
resistir sector por sector ya no es suficiente. El verdadero reto del
presente no es solo defendernos del capitalismo en parcelas aisladas, sino
disputarle la totalidad de nuestra existencia. El paso lógico, el salto
cualitativo que exige nuestro tiempo, es cooperativizar la vida entera. Y ese
modelo tiene un nombre técnico y político: la cooperativa integral.
Una ventanilla única para la reproducción social
¿Qué es, hablando en plata, una cooperativa integral? Frente
a las fórmulas tradicionales que agrupan a un solo perfil —solo trabajadores o
solo consumidores—, la cooperativa integral rompe los compartimentos estancos.
Se trata de una estructura multisectorial que une bajo una misma personalidad
jurídica a quienes producen, a quienes consumen, a quienes cuidan y a quienes
financian. Su objetivo político es tan ambicioso como urgente: articular una
suerte de “ventanilla única comunitaria” que resuelva las
necesidades materiales, habitacionales y de cuidados de sus miembros sin pasar
por el aro de las corporaciones transnacionales.
No estamos inventando la pólvora. A nivel estatal, la Ley
27/1999 de Cooperativas ya abre el terreno de juego en su artículo 105,
exigiendo una filigrana jurídica en los estatutos para equilibrar los derechos
de los distintos sectores de socios. Las normativas autonómicas han ampliado
este margen de maniobra, permitiendo adaptar los estatutos a los intereses estratégicos
de la empresa: desde la vanguardia
de Cataluña (Llei 12/2015), que permite ponderar los votos en
función de la actividad y la gestión democrática, por encima del capital
aportado, pasando por la rigurosidad
del País Vasco (Ley 11/2019), que garantiza el arraigo territorial
mediante fondos de reserva irrepartibles y una gran solidez técnica y para
terminar, la flexibilidad de
Madrid (Ley 2/2023), que Ofrece un marco moderno que facilita la
adaptación a fórmulas societarias
mixtas.
“Hackear” esta legislación desde la economía social exige
una excelente redacción estatutaria para diseñar fórmulas de gobernanza y
distribución de resultados que blinden el proyecto frente a la
mercantilización.
El laboratorio de las contradicciones vivas
Para defender el cooperativismo integral con madurez no
podemos caer en un idealismo ingenuo. Este modelo es un laboratorio de
contradicciones vivas. Sus potencialidades son revolucionarias: introduce una
contabilidad ecológica real al internalizar los costes de la crisis climática
asume esos impactos negativos como un gasto propio y real, fomenta una economía
de simbiosis —donde los socios de la rama de vivienda consumen la producción de
la rama agrícola y usan los servicios de cuidados— y sustituye la maximización
del beneficio por la viabilidad material garantizando que el proyecto tenga los
recursos físicos, humanos y ecológicos necesarios para sobrevivir a largo
plazo, en lugar de buscar la acumulación de dinero. Al no haber accionistas
externos que enriquecer, todo el excedente vuelve a la comunidad.
Pero las costuras también aprietan.
La primera es la asimetría de precios: asumir salarios dignos y transiciones
ecológicas reales hace que, a menudo, los bienes cooperativos sean más caros
que los de las multinacionales que operan bajo el dumping social, práctica de
competir en el mercado utilizando mano de obra extremadamente barata,
desprotegida o explotada para vender productos a precios artificialmente bajos.
La segunda es el peligro del agotamiento militante. Los proyectos suelen nacer de
una efervescencia voluntarista indudable, pero si la estructura depende
exclusivamente de la energía no remunerada de personas que envejecen, crían o
cambian de prioridades, está condenada al colapso. Por último, la burocracia asamblearia: la búsqueda de
un consenso absoluto mal gestionado puede paralizar decisiones operativas
sencillas durante meses.
Romper el gueto sin perder el alma: el reto de la escala
El gran interrogante que se nos plantea es cómo dar el salto
de escala. ¿Cómo salir del gueto de los ya convencidos y convertirnos en una
alternativa de masas sin perder nuestra esencia democrática por el camino?
La respuesta no es
teórica, es práctica, y cruza el Atlántico. Experiencias internacionales
como la red Cecosesola en Lara (Venezuela), con más de 50 años de historia
gestionando salud, servicios y economatos de alimentos para más de 100.000 familias,
demuestran que la escala masiva sin jerarquías tradicionales es posible. Su
éxito radica en una cultura comunitaria forjada a fuego lento, basada en la
rotación de puestos y en asambleas abiertas que logran competir y abaratar los
precios del mercado capitalista de su entorno. En esas asambleas participan
directamente los productores agrícolas, los transportistas y los consumidores,
al sentarse en la misma mesa sin jefes que impongan condiciones, fijan juntos
un precio que cubre los costos de producción y es justo para el comprador,
eliminando las comisiones de terceros.
Imaginemos un ecosistema donde una cooperativa de vivienda
se construye con la financiación de la banca ética. La energía de ese
edificio la provee una cooperativa energética propia. Los cuidados de los niños
y ancianos del bloque los asume una cooperativa de trabajo del barrio. Toda la
comunidad se alimenta a través de la red de consumo conectada con el campo.
Cuando la asamblea unifica todos estos ámbitos, los márgenes de beneficio
empresarial desaparecen por completo en cada eslabón de la vida diaria,
logrando abaratar el coste de la existencia material de forma masiva frente al
libre mercado.
Bajemos a tierra con cuatro experiencias concretas de
nuestro país
Cooperativa Integral Catalana (CIC): pionera y
referente estatal fundada en 2010 que funciona como una red de autoorganización
económica que gestiona de forma asamblearia vivienda rural, salud comunitaria,
ebanistería y su propia moneda social (el Eco).
Auzolan (País Vasco): proyecto integral de escala
comunitaria que agrupa huertos ecológicos, talleres de transformación, redes de
cuidados compartidos y educación popular bajo un modelo de toma de decisiones
asambleario y de propiedad colectiva.
Cooperativa Integral Aragonesa (CIAr): Red de apoyo
mutuo en el entorno rural y urbano de Aragón que coordina de forma horizontal a
productores agrícolas, profesionales de servicios y consumidores para
intercambiar bienes básicos mediante autogestión económica.
Cooperativa Integral Madrileña (CIM): espacio de
confluencia autogestionado en la comunidad de Madrid que facilita herramientas
legales comunes, cajas de resistencia compartidas y redes de distribución
alternativa para blindar del mercado laboral convencional a colectivos
autoempleados.
El desafío pasa por profesionalizar la gestión económica sin
burocratizar la democracia; por entender que la viabilidad financiera es una
condición indispensable para sostener la utopía. Romper la escala implica tejer
alianzas, utilizar la arquitectura legal a nuestro favor y demostrar que la cooperación es más eficiente que la competencia descarnada
para sostener las vidas.
Este artículo es solo el principio de un mapa que debemos
dibujar de manera colectiva. Dejamos las herramientas sobre la mesa. En
próximas entregas nos adentraremos en el laberinto de la gestión interna: cómo
diseñar mecanismos de toma de decisiones que no agoten nuestros cuerpos, cómo
blindar financieramente estos proyectos frente a las turbulencias del mercado y
cómo construir herramientas de financiación ética que nos permitan crecer de
forma autónoma. La infraestructura está lista. El salto depende de nosotr@s.

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