CONTRA LA MÁQUINA DEL PROGRESO
Es fácil para mí
imaginar que la próxima gran división del mundo lo será entre las personas que
desean vivir como criaturas y las personas que desean vivir como máquinas.—Wendell
Berry
¿Y si la izquierda y el capitalismo global fueran, en el fondo, una misma cosa: motores para destruir las formas de vida tradicionales y sustituirlas por el nuevo mundo de la Máquina? La izquierda posmoderna que se ha apoderado de lo más alto de gran parte de la cultura occidental no es una amenaza radical para el establishment: es el establishment. La izquierda y el capitalismo corporativo funcionan ahora como una pinza: uno ataca la cultura, deconstruyéndolo todo, desde la historia hasta la ‘heteronormatividad’ y las identidades nacionales; el otro se moviliza para monetizar los fragmentos». —Contra la Máquina. La desintegración de lo humano.
Con Against the Machine, Paul Kingsnorth (del proyecto, Dark Mountain) continúa la genealogía intelectual que lleva décadas construyendo: una arqueología espiritual y política de la modernidad vista como un proceso de desarraigo total (de la tierra, de las raíces, de la cultura y de nosotros mismos) bajo el paradigma del turbo-capitalismo metastásico de lo que él llama, simplemente, la Máquina.
El libro podría haberse limitado a repetir diagnósticos ya frecuentes en los círculos ecologistas, anticapitalistas o decrecentistas; sin embargo, Kingsnorth logra algo más difícil: entrelaza filosofía, memoria personal, historia cultural y un tono casi visionario sin caer (o solo de manera ocasional) en la grandilocuencia o incluso el lamento que algunos lectores podrían llegar a percibir como excesivamente tradicionalista, neo-ludita o incluso reaccionario.Pero más allá de su tono y sus intuiciones, el libro
despliega una arquitectura interna tan rigurosa y deliberada como seductora y
persuasiva. Kingsnorth organiza su investigación en cuatro movimientos que
funcionan casi como los cuatro actos de un relato: primero la genealogía del
colapso espiritual de Occidente; después la aparición histórica de la Máquina;
más adelante el diagnóstico de sus manifestaciones contemporáneas; y finalmente
un esbozo de salida, un mapa (precario) para la supervivencia moral y simbólica
en medio del derrumbe. Esta estructura, que va de la raíz al síntoma y del
síntoma al remedio, convierte el libro en una especie de viaje por
la larga noche oscura del alma del mundo moderno.
Es evidente que Kingsnorth nunca ha encajado bien ni en la
derecha ni en la izquierda, y aquí vuelve a demostrar por qué. El libro parte de
una constatación que será incómoda para muchos (aunque autoevidente para muchos
otros): Occidente no está “en crisis”; está en ruinas. Y esas
ruinas no son solo económicas o políticas; son sobre todo espirituales.
El autor traza el colapso del orden sacro que sostuvo a Europa durante siglos
no para idealizarlo ni pedir su regreso, sino para mostrar el vacío que un
modelo deja tras de sí cuando cae sin ser sustituido por nada remotamente
equivalente. Ese vacío, argumenta, es el hueco que ha propiciado y ocupado la
Máquina: una red de procesos —tecnológicos, económicos, industriales,
culturales, simbólicos— que necesita convertir todo objeto, todo sujeto, toda
forma de vida, en dato, moneda, recurso o engranaje.
En uno de los capítulos más sugestivos del libro, Kingsnorth sintetiza esta mutación/caída civilizatoria en un choque entre dos arquitecturas simbólicas irreconciliables: por un lado, lo que él llama “The Four Ps” (Past, People, Place, Prayer), ese cuadrante ancestral que durante siglos sostuvo a las culturas humanas articulando memoria, comunidad, territorio y trascendencia; por otro lado, “The Four Ss” (Science, Self, Sex, Screen), que constituyen la gramática íntima de la “anticultura de la Máquina”.
Las primeras remiten a una forma de estar en el mundo enraizada en la
continuidad, la pertenencia y el misterio; las segundas expresan el nuevo orden
técnico, que sustituye los vínculos heredados por narrativas de medición,
autonomía, deseo y virtualidad. Kingsnorth no presenta esta oposición como una
caricatura nostálgica, sino como el mapa conceptual de una sustitución silenciosa:
aquello que antes organizaba la vida humana —la historia compartida, la
comunidad viva, el lugar concreto y el horizonte espiritual— ha sido desplazado
por un sistema que reconfigura nuestra idea del origen, del yo, del cuerpo y
del destino, no ya en función de lo humano, sino de las necesidades
post/trans/anti-humanistas expansivas y depredadoras de la propia Máquina.
Uno de los aciertos del libro es que Kingsnorth no reduce la
Máquina al capitalismo, aunque por supuesto lo señala como uno de sus vehículos
principales. Para él, el problema es mucho más profundo y mucho más antiguo: es
una deriva civilizatoria que empezó mucho antes del neoliberalismo y que
continuará, si nadie la detiene, incluso después de él. Esta perspectiva lo
distancia tanto del optimismo progresista como de las nostalgias conservadoras,
y le permite analizar fenómenos actuales (la digitalización total, la política
identitaria, el auge tecnocrático, la pérdida de vínculos comunitarios) como
expresiones distintas de una misma fractura de la triple raíz: naturaleza,
cultura, religión.
Kingsnorth siempre ha escrito con una prosa que combina
erudición histórica con un lirismo poco común en el ensayo político
contemporáneo, y en este su último libro, su magnum opus, lleva ese
talento y esa lucidez a su máxima expresión. La Máquina (ese dios tribal que lo
devora todo, que en realidad somos nosotros mismos amplificados hasta volvernos
incontrolables) no es en este libro solo un concepto; es una presencia casi
mitológica que respira en cada página. Sus imágenes (el subidón vertiginoso
del progreso, el zumbido incesante del mundo moderno, la prolongada caída del
viejo mundo que sigue aun desplomándose, el anhelo de una quietud anterior a
la Gran Aceleración) no oscurecen su análisis, al revés; lo
iluminan desde un ángulo visceral y al mismo tiempo muy meditado.
Uno siente que detrás de cada metáfora hay una experiencia vital,
no un mero artificio académico: el eco de un mundo que desaparece y la
intuición de que, para entenderlo (y, en último término, para redimirlo y
redimirnos), no basta con los marcos interpretativos ni de la política
tradicional ni del activismo contemporáneos, para Kingsnorth demasiado
estrechos como para captar una crisis que es al mismo tiempo material,
simbólica y espiritual.
Es especialmente interesante su lectura de autores
como Simone Weil, Oswald Spengler o
Christopher Dawson.
No los usa como autoridades que haya que aceptar o rechazar; los sitúa como
intérpretes de un malestar profundo que recorre la modernidad, y lo que emerge
de ese diálogo es una especie de intrahistoria y contrahistoria de
esa misma modernidad construida desde cuatro ángulos complementarios: el
comunitarismo moral de MacIntyre, la
espiritualidad radical de Weil, la visión civilizatoria de Spengler y la
sensibilidad sacramental de Dawson. Kingsnorth los utiliza para trazar un mapa
conceptual en el que la modernidad aparece como un proyecto de desmantelamiento
y desintegración espiritual que atraviesa siglos y que desemboca,
inevitablemente, en la Máquina.
Ahí radica otra virtud del libro: no pretende proclamar que
posee la respuesta, pero sí que se propone describir con la máxima
claridad el origen y la naturaleza de la enfermedad; ese desgaste/vacío
espiritual, cultural y material que acompaña al mundo moderno desde sus
inicios. Kingsnorth no se limita a diagnosticar el mal: sugiere también un tipo
de tratamiento, un camino de salida que, desde luego, no pasa ni
por el tecnoutopismo ni por la ingeniería social tanto de izquierda como
de derecha, sino por una transformación más radical e íntima (y
mucho más ardua), a medio camino entre
lo ético, lo simbólico y lo espiritual. Es un horizonte exigente y difícil de
traducir al lenguaje programático, pero es precisamente esa dificultad, ese
carácter no reducible a recetas o políticas públicas, lo que
confiere al libro una potencia poco común dentro de los debates sobre el fin de
la modernidad, el decrecimiento, el colapso, etc.
No hay ni un átomo de ambigüedad o tibieza en Against
the Machine: de principio a fin es una severa diatriba (un yo acuso sin
paliativos) al liberalismo moderno entendido no solo como doctrina política concreta,
sino como la culminación del proyecto de la Ilustración/Modernidad de
separarnos de la triada naturaleza/raíces/tradición, de emancipar al
individuo y a la sociedad de toda trascendencia, de todo orden superior o
sagrado. Para Kingsnorth, ese liberalismo (que durante dos siglos y pico actuó
como principio ordenador del mundo occidental) atraviesa ahora su fase
terminal. La Máquina no es, en este sentido, una alternativa al liberalismo; es
su consecuencia lógica: el punto en el que la autonomía absoluta del individuo
termina produciendo la total indiferenciación, el aislamiento digital y la
reducción de toda vida a mera función/transacción. El liberalismo, agotado,
deja tras de sí un vacío que la Máquina ha llenado y colonizado con una rapidez
devastadora.
Si un aspecto del libro podría incomodar a algunos es esa
dimensión espiritual no excluyente pero sí muy explícita, muy teñida de ética
cristiana y de otras tradiciones místicas (Kingsnorth, que ahora vive off-grid con
su esposa e hijos en un apartado lugar de la Irlanda rural, se convirtió hace
unos años al cristianismo ortodoxo). Pero, mucho ojo: Kingsnorth no reclama una
vuelta a la Iglesia, pero tampoco oculta su convicción de que solo una
reconfiguración espiritual profunda permitirá escapar de la Máquina. Para
muchos lectores que se autoperciben como laicos o materialistas, esta
orientación puede parecer, en el peor de los casos, una coartada trascendental
que desactiva el conflicto real al proyectarlo fuera del mundo como si la potencia
de la Máquina pudiera resolverse apelando a un plano donde ya no es posible
contrastar causas y efectos; y, en el peor de los casos, un atajo
interpretativo o una respuesta que desplaza el problema hacia una dimensión
metafísica, digamos, imposible de verificar.
Pero conviene matizar que el cristianismo de Kingsnorth no
es en absoluto el de las iglesias institucionales ni el de la moral
conservadora estándar. Su fe ortodoxa tiene un carácter ascético, que bebe de
los Padres del
Desierto y de la tradición
apofática; a lo largo del libro no se cansa de insistir en la importancia
de ponerse límites como manera de protegerse de, y luchar
contra, esa Máquina para la cual no hay límites (o, como dice Gary
Snyder, "hoy en día lo más revolucionario que uno puede hacer es quedarse
en casa"). Kingsnorth no defiende una restauración religiosa ni un retorno
al pasado; su propuesta tiene mucho más que ver con una forma de humildad
radical frente al misterio de lo real y de resistencia
incondicional frente al asedio de lo irreal. Su mirada espiritual
funciona más como lucidez profética que como programa doctrinal, y ese matiz
desmonta malentendidos habituales sobre su supuesta nostalgia o
su reaccionarismo.
El riesgo de sus argumentos es que, a fuerza de buscar
raíces profundas y patrones históricos muy largos y amplios, Kingsnorth tiende
también a subestimar las luchas concretas, políticas y sociales que hoy mismo,
cada una a su manera, intentan denunciar y frenar al Leviatán económico. Aunque
no desprecia esas luchas, su énfasis en lo moral/tradicional/espiritual puede
hacer que para muchos lectores algunas de esas luchas queden injustamente
relegadas a un segundo o tercer plano.
Otro punto delicado del libro es su crítica a ciertas formas
contemporáneas de política identitaria, incluidas, por supuesto, las que se
articulan en torno al género. Kingsnorth no aborda estas cuestiones desde un
rechazo simplista ni desde un posicionamiento partidista; lo hace como parte de
un fenómeno más amplio: la (errónea) convicción moderna de que la identidad puede
desligarse por completo de cualquier marco natural, cultural o simbólico previo
y reconstruirse desde cero como un proyecto puramente voluntarista. Su objeción
no se dirige a las personas ni a sus experiencias, sino a lo que él interpreta
como “un síntoma más del mismo impulso que sostiene a la Máquina: la idea de que
todo —el cuerpo, la comunidad, el mundo— puede ser rediseñado sin
límites”.
Kingsnorth insiste, además, en que esta proliferación
identitaria no surge de la nada: es, en su lectura, la consecuencia directa de
haber desmantelado toda forma de orden simbólico común. Cuando la cultura deja
de proponer un horizonte de sentido compartido, las identidades particulares
ocupan su lugar como pequeños sistemas teológicos, cada uno con sus dogmas, sus
rituales, sus pecados y sus herejías. Lejos de caricaturizar estas luchas,
Kingsnorth las interpreta como el doloroso eco de una pérdida mucho más letal y
profunda: la de un lenguaje moral capaz de sostener a una comunidad como suma
de individuos pero también y sobre todo como cuerpo vivo.
Tal vez Kingsnorth no siempre mida con la misma precisión y
cuidado algunas de sus afirmaciones; aun así, su intención, lejos de pretender
alimentar hostilidades, es la de señalar un riesgo: que debates legítimos y
urgentes puedan quedar atrapados en lógicas de absolutos, incapaces de
reconocer las dimensiones más profundas (ontológicas, culturales, simbólicas,
relacionales) que él considera esenciales. Coincidir con él o no, es casi
secundario; lo importante es que invita a leer estos y otros conflictos
generados en —y alimentados por— la Máquina, no desde la trinchera, sino desde
la vulnerabilidad de una época que ha perdido casi todos los modos de generar y
sostener sentido (y que, para colmo de males, ni siquiera es ya consciente de
ello).
Dicho esto, incluso esos peros que algunos
le pondrán al libro funcionan como invitación a un debate más amplio: ¿es
posible levantar “una nueva cultura y una nueva civilización postindustrial,
poscapitalista, poscrecimiento, ajustada a los límites de la biosfera y
orientada a la satisfacción de las necesidades humanas y del resto de
Gaia” sin una previa y profunda transformación moral y espiritual?
¿Puede llegar a existir una política verdaderamente emancipadora sin
un relato que vaya más allá de la Eco-nomía, entendida ésta en su
sentido más amplio?
Kingsnorth nos obliga a formularnos estas cuestiones con una
inclemencia y una urgencia que a veces roza, si no el sermón, sí cierta
retórica en ocasiones moralizante o aleccionadora, pero esto es algo que uno
enseguida le perdona porque en definitiva lo que está haciendo
es plantearnos desafíos existenciales, civilizatorios y también y sobre todo
colectivos y personales que exigen enormes cantidades de rigor, sacrificio,
lucidez, disciplina e incluso una cierta dosis de esa clase de acritud que
implica no andarse ni por las ramas, ni con medias tintas,
ni con paños calientes, por utilizar tres coloridas expresiones del
castellano.
Otra de las reflexiones más contundentes del libro aparece
cuando Kingsnorth aborda el transhumanismo. Para él, no se trata de una
extravagancia tecnológica, sino de la expresión final y coherente del proyecto
moderno/ilustrado que mencionábamos más arriba: la aspiración de superar la
condición humana, de transformar el cuerpo en materia maleable y la mente en
dato procesable. En este horizonte, la Máquina deja de ser metáfora
tecno-teológica para convertirse en destino teleológico: el de una
civilización ciega y extraviada que intenta salvarse renunciando precisamente a
aquello que nos hace humanos.
Kingsnorth señala esta deriva con una claridad, casi profética,
que demoniza la tecnología pero solo para advertir de la tentación de
convertirnos en algo sencillamente incapaz de “albergar alma”, de “hacer alma”.
Este es el plano donde se sitúa el corazón retórico y discursivo del libro: en
los capítulos titulados «The Fourth Revolution» y «What Progress Wants?», en
los que Kingsnorth expone —siguiendo a Augusto Del Noce— una
genealogía del proyecto moderno que desemboca en la revolución digital
contemporánea, esa Fourth Industrial Revolution que fusiona lo
físico, lo biológico y lo digital, borrando sus límites. Lo que la
Máquina/Progreso quiere, según Kingsnorth, se puede resumir en estos 9 puntos:
- El
fin de la historia (cancelar la continuidad del pasado y declarar cumplido el
relato humano),
- El
fin de la trascendencia (reducir toda realidad a lo inmanente y expulsar
lo sagrado),
- La
muerte de Dios (reemplazar la fe por un racionalismo total que ocupe su
lugar),
- La
revolución permanente (mantener un proceso incesante de derribo y
reinvención),
- La
colonización (desarraigar tradiciones y reemplazarlas por un modelo único
global),
- El
desenraizamiento de todo (romper vínculos y comunidades hasta dejarlas sin
suelo),
- La liberación de
todo (disolver límites, normas y órdenes superiores en nombre de la
autonomía absoluta),
- Llevarlo
todo más allá de la naturaleza (superar la materia y remodelar la vida
mediante la tecnociencia y su vacua retórica promisoria),
- Sustituirnos
(rehacer al ser humano hasta hacerlo prescindible en el nuevo orden
técnico).
La última cuestión que quedaría por responder, concluye
Kingsnorth, “es si se lo permitiremos”.
Por si todavía quedara alguna duda, es evidente que
Kingsnorth entiende el Progreso no como una mera dinámica
histórica, sino como una metafísica operativa que trabaja incansablemente para aplanarlo todo:
cuerpos, culturas, bosques, fronteras, límites simbólicos y literales,
vínculos, lenguajes. Esa ideología (silenciosa, ubicua, en su pretensión de
racionalidad) establece que todo es intercambiable, rediseñable, vendible. Bajo
su influjo, el mundo deja de ser un tejido de presencias y experiencias
valiosas per se (irrepetibles y contradictorias pero vivas en
su complejidad), para convertirse en una matriz de meras “equivalencias”: nada
tiene valor en sí mismo, solo un precio potencial; no un valor de uso,
sino un valor de cambio (dicho con terminología del marxismo,
del que, como era de esperar, Kingsnorth abjura tanto como del fascismo, el
liberalismo, el ecologismo y casi cualquier otro ismo que se
le ponga por delante).
Kingsnorth insiste en que este paradigma, que parecería tan
solo técnico, político o socioeconómico, es en realidad una empresa espiritual:
una operación de desmantelamiento ontológico que comienza por declarar que todo
puede (¡y debe!) desenraizarse, deshacerse y rehacerse de manera constante y
expansiva; que la naturaleza y la tradición no son sino materiales en bruto
para alimentar un gigantesco e incesante proyecto de “optimización”.
De ahí que resistir a la Máquina no pueda consistir en otro
programa político más, ni en una nostalgia reaccionaria, ni en una utopía
alternativa: todas ellas, a su modo, siguen atrapadas en la gramática del
propio Progreso. Lo que él reclama es algo más elemental y más difícil:
recuperar una posición, un lugar concreto desde el cual decir "No".
No un plan, sino un suelo; no una doctrina, sino un límite. Frente a un sistema
que pretende que todo es fungible, la resistencia empieza por afirmar que no,
que no todo es intercambiable, que no todo es maleable, que la vida no es
materia neutra para la ingeniería de turno. Esa postura anti-Máquina que
Kingsnorth esboza no es otra política más; es un gesto de fidelidad hacia lo
real (hacia aquello que jamás podrá ser convertido en mercancía) y, al mismo
tiempo, una invitación a reconstruir una cosmovisión capaz de sostenernos
cuando la gran promesa del Progreso ya ha revelado, para quien quiera verlo,
que bajo sus múltiples máscaras solo hay un vacío necrótico.
Buena parte de la fuerza del libro proviene de que su autor
no escribe desde una torre de observación teórica; lo hace desde la experiencia
directa de haber transitado varios mundos: el activismo ecologista radical,
la vida urbana acelerada, el éxodo hacia el campo irlandés, la paternidad, la
conversión espiritual. Esa biografía, en vez de ser un simple adorno, deviene
método: Kingsnorth utiliza su propia vida como laboratorio para mostrar cómo opera
la Máquina en lo concreto (en el trabajo, en el cuerpo, en la imaginación, en
la creatividad, en la intimidad) y cómo todavía es posible, aunque con enormes
dificultades, resistirse a ella.
El libro abre un espacio incómodo, (un territorio fronterizo
entre la crítica cultural, la metafísica y la ecología profunda) uno en el
que se llama a quien lee a reconsiderar no ya solo cómo vivimos, sino qué
entendemos por vivir. Kingsnorth nos recuerda que sin un cambio en
la imaginación moral y en la estructura simbólica y espiritual de nuestras
sociedades, ningún proyecto de transformación material podrá jamás sostenerse;
esa es quizá la propuesta/provocación más fértil de su libro.
Hay, además, un aspecto no menor: la reivindicación del
imaginario poético como fuerza de resistencia. Kingsnorth, poeta y novelista
antes incluso que activista y ensayista, entiende que la Máquina triunfa cuando
consigue reducir el mundo a información y al ser humano a consumidor. Frente a
esa lógica, la poesía —el mito, el silencio, la atención, la belleza— actúa y
actuará siempre como un recordatorio de que la realidad no se agota en lo
cuantificable (el nous frente a la ratio). Su
libro es, también, un elocuente alegato a favor de recuperar la sensibilidad
simbólica como puro acto político.
Against the Machine es el libro de alguien que
se autodefine en sus propias páginas como “a ratos cínico, a ratos anarquista,
casi siempre ambas cosas”. En última instancia, es un libro profundamente
anticapitalista... pero por razones que ningún marxista compartiría;
profundamente consciente de la devastación ecológica, cultural y anímica del
presente... aunque todavía muy capaz de imaginar y proponer vías de
resistencia, redención y transformación tanto individual como colectiva (el alegato final
con el que Kingsnorth cierra el libro posee una energía tan potente e
inspiradora que uno termina leyéndolo con un nudo en la garganta y lágrimas en
los ojos).
Ojalá este libro llegue pronto a los lectores hispanohablantes
que piensan, escriben y trabajan en el campo del decrecimiento, del
poscapitalismo, del ecologismo radical o de la crítica cultural. En un momento
histórico en que España se debate en sus propias formas de
desarraigo/degradación/mercantilización territorial, cultural, moral,
espiritual, social y ecológica, Against the Machine aporta una
voz más que necesaria a esa conversación.
Confiemos en que alguna editorial española se anime pronto a
traducirlo y publicarlo (ErrataNaturae,
te miramos a ti).
Y desde entonces he
concebido un verdadero odio a eso que llamamos progreso, y hasta a la cultura,
y ando buscando un rincón donde encuentre un semejante, un hombre como yo, que
llore y ría como yo río y lloro, y donde no haya una sola máquina y fluyan los
días con la dulce mansedumbre cristalina de un arroyo perdido en el bosque
virgen. —Miguel de Unamuno, Mecanópolis (1913)
Rechazamos esa fe
según la cual las diversas crisis que han convergido en nuestro tiempo pueden reducirse
a un conjunto de ‘problemas’ que necesiten una solución política o tecnológica.
Creemos que las raíces de estas crisis están en las ‘historias’ que nos hemos
estado contando a nosotros mismos: el mito del progreso, el mito de la
centralidad de lo humano, el mito de nuestra separación de la ‘naturaleza’.
Mitos todos ellos peligrosos por el hecho de que hemos olvidado que son mitos.
—Dark Mountain Project, Uncivilisation Manifesto
Los antiguos textos
budistas y cristianos ya nos advirtieron hace mucho de la ‘maldición’ que se
acercaba: la fuerza maligna que busca usurpar la Divinidad en los Últimos Días.
La antigua sabiduría de profetas y santos será sustituida por los dictados burocráticos
del nihilismo organizado. Nuestra adoración moderna del materialismo, nuestro
borrado de la tradición y de la cultura, el avance sigiloso del autodesprecio y
del odio hacia la pureza mientras abrazamos activamente el pecado, nuestra
abominable adoración en altares mecánicos e impuros: todo este progreso
grotesco no es más que los viejos demonios adoptando nuevas formas. Las mentes
de las personas están siendo programadas como máquinas, sus pensamientos
confinados a una serie de fórmulas operativas, convirtiéndose en simples
engranajes del sistema que las controla. —Mark Samuels, "Si aún manda
el destino"
Hoy, el primero y
quizá el único deber del filósofo es proteger al ser humano de sí mismo:
defender al ser humano contra esa extraordinaria tentación hacia la inhumanidad
a la que -casi sin darse cuenta- tantos han sucumbido hoy en día. —Gabriel
Marcel, Los hombres contra lo humano.
https://www.15-15-15.org/webzine/2026/03/26/paul-kingsnorth-contra-la-maquina-del-progreso/

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