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ANATOMÍA DE LA ESPERANZA
El autor se sirve de Tomás de Aquino para definir la esperanza como «una tensión del alma que nace de un deseo del corazón y de un discernimiento intelectual que vislumbra posibilidades de éxito». Es un combate que se entabla en cada persona, entre dos voces: una clama «¡No hay nada que hacer!» y otra, «¡todo es posible!». La esperanza no es una evidencia sino «una apuesta» que se puede ganar o perder; así que «no hay esperanza sin miedo ni miedo sin esperanza», como decía Spinoza.
Su objeto es el bien y obtenerlo requiere cierto esfuerzo, es decir la esperanza no consiste en quedarse cruzado de brazos aguardando que llegue. Todos la necesitamos —creyentes y no creyentes—, pues se trata de «un valor transversal que no es patrimonio único de la esfera religiosa, sino también del humanismo laico».
¿Es ridículo estar esperanzado cuando nunca conseguimos colocar la roca en la cima de la montaña?, como le pasaba a Sísifo. Todo depende del horizonte, responde Torralba. Cuando «hay un horizonte, el esfuerzo tiene sentido porque apunta como un vector a una tierra prometida», como los israelitas del Éxodo. El antídoto contra el desencanto es «la reconstrucción de nuevos horizontes». Pero siempre acecha la tentación del nihilismo, que es la raíz de la desesperación.
La consecuencia del
nihilismo es lo que Torralba llama «el cinismo posmoderno» que empuja a quienes
caen en él a mentir o falsear la realidad para garantizarse las máximas cotas
de poder y bienestar. Otros, se refugian en las evasiones para llenar el
vacío que produce la falta de sentido; pero ante la muerte, de nada sirven, no
se puede «esconder la cabeza debajo del ala».
La llegada de «la dama fúnebre aniquila toda esperanza
humana» constata el autor, que vivió la experiencia en primera persona, al
perder a un hijo de 23 años en un accidente. No pudo eludir el dolor profundo y
se apoyó en la fe en Dios y en su familia para mantener la esperanza. En la
segunda parte, titulada El susurro del espíritu, desarrolla este
anclaje trascendente y afirma que hay «una semilla de eternidad» en el hombre,
que «se niega a ser abatido por el dragón del desencanto». Se trata del
espíritu, cuya metáfora más adecuada es el viento. Entendida así, la esperanza
es capaz de transformar al mundo y a las personas, pues existe «un hilo
invisible que une la esperanza con la acción y, por extensión, con la
transformación». Pero conlleva una exigencia: el compromiso, que es «la
traducción de la esperanza en hechos».
Para esperar es preciso armarse de paciencia y rechazar el
pesimismo que nos hace creer que todo va a salir mal. No siempre. En las
travesías del desierto que jalonan la vida a veces «irrumpe lo inesperado, y no
siempre ha de ser lo negativo, también puede ser positivo y luminoso». Por
ejemplo, «el acto de perdonar no puede predecirse, es la única acción que actúa
de manera inesperada». Y al hombre siempre le queda
ese «susurro del espíritu», que es «el último baluarte de nuestra libertad» con
el que encarar los acontecimientos de la vida. Con palabras de Ernst
Bloch, «los hombres pueden ser los guardagujas de su vida, que no se ha
decantado aún hacia la salvación, pero tampoco hacia la perdición».
Torralba comienza su ensayo describiendo un combate
entre dos voces. Una clama «¡No hay nada que hacer!» y otra, «¡todo es
posible!». Para la primera es inútil bregar contra el veredicto fatal del
destino; para la segunda, todo está abierto. Ese campo de batalla anida en el
interior de cada persona y unas veces vence la voz del desencanto y otra la de
la esperanza. Menos mal que ¡hay tanta terca esperanza en el corazón humano!
como recuerda Albert Camus
¿En qué consiste esa terquedad secreta, ese «a pesar de
todo»? El autor toma como referencia la Summa Theologica, de
santo Tomás de Aquino, para definir la esperanza como «una tensión del
alma que nace de un deseo del corazón y de un discernimiento intelectual que
vislumbra posibilidades de éxito».
Su objeto es el bien, se proyecta hacia el futuro y
obtenerlo requiere cierto esfuerzo, es decir la esperanza no consiste en
quedarse cruzados de brazos aguardando que llegue. Y «la necesitamos todos para vivir (tanto creyentes
como no creyentes)» porque, aunque la esperanza sea una de las tres virtudes
teologales —junto con la fe y la caridad—, se trata de «un valor transversal e
intercultural que no es patrimonio único de la esfera religiosa, sino
también del humanismo laico».
Mas como la esperanza no es una evidencia, sino «una
apuesta» que se puede ganar… o perder, lleva aparejado «el miedo», «la
inquietud», y viceversa: como dice Spinoza, «no hay esperanza sin miedo ni
miedo sin esperanza». Eso sí, advierte Torralba, no cabe la esperanza
egoísta: «No puede darse sin confianza en los demás. Es coral».
El anciano que perdió las ganas de vivir
¿Es ridículo estar esperanzado, cuando nunca conseguimos,
pese a nuestros esfuerzos, colocar la roca en la cima de la montaña?, como le
pasaba a Sísifo. Depende del horizonte, responde el autor. Cuando «hay un
horizonte, el esfuerzo tiene sentido, al igual que la entrega personal a una
causa, porque apunta como un vector a una tierra prometida». El antídoto contra
el desencanto es «la reconstrucción de nuevos horizontes», ya que cuando un ser
humano tiene un para qué es capaz de vencer cualquier
resistencia, como contaba Viktor Frankl en su libro El hombre en busca de sentido, tras su estancia en
Auschwitz. Y todos los seres humanos «estamos ungidos de sentido».
Torralba pone un ejemplo elocuente: el de un hombre de 90
años internado en una residencia de ancianos que, estando con plenas facultades
físicas y mentales, se negaba a comer. Había perdido las ganas de vivir. Hasta
que la psicóloga se enteró de que, antes de su jubilación, se había dedicado
profesionalmente al cuidado de parques; así que le propone trabajar en el
jardín de la residencia para que aporte su experiencia. El anciano lo hace y al
poco tiempo come motu proprio, incluso con apetito, porque se lo
pide el cuerpo y porque «necesita estar en forma para ver como crecen los
tallos». Lo que le salva del cansancio vital no son los fármacos sino la forja
de un nuevo sentido.
Y ¿dónde encontrar el propósito de una vida? Hay «algo
indestructible dentro de uno mismo» aunque permanezca oculto a sus ojos. Y «una
de las posibilidades de expresión de esa existencia oculta es la fe en un Dios
personal». La frase es nada menos que de Franz Kafka, cuyos cuentos La
metamorfosis o la Pequeña fábula resultan, a priori, tan desesperanzados. A pesar de todo, en ese universo
de incomunicación en el que parece no haber horizonte, Camus nos hará ver que
«Kafka introduce la esperanza, de forma singular, por medio de la humildad» de
la persona, en el conocimiento de los propios límites.
La victoria póstuma de Maquiavelo
Enemigo de la esperanza es el nihilismo, al
que Nietzsche considera «el más inquietante de los huéspedes que
pueden alojarse en el alma humana». Es la tentación de la nada: nada tiene
sentido, nada merece nuestro esfuerzo. Es la raíz de la desesperación, según Gabriel Marcel, uno de los grandes estudiosos de la
esperanza.
La consecuencia del nihilismo es lo que Torralba llama «el
cinismo posmoderno»: si tanto nacer como morir son actos efímeros que sellan un
paréntesis absurdo —la existencia— entonces ni la lucha por un mundo mejor ni
el sacrificio por un ideal tienen sentido. Lo grave es que el cínico posmoderno
se aprovecha de la situación: si nada tiene sentido, no tiene reparos en mentir
o falsear la realidad para garantizarse las máximas cotas de poder y bienestar.
Ese cinismo posmoderno vendría a ser «la victoria póstuma de Maquiavelo», como
lo han calificado algunos.
Recurre Torralba a El grito, el famoso cuadro
de Edvard Munch, porque expresa sin palabras, con trazos de colores rojo y
negro, y un rostro que «parece estar a punto de partirse en mil pedazos», la
idea de la desesperación. El pintor noruego muestra, de forma elocuente, lo que
esta tiene de «claustrofobia existencial; un ahogo, pero no en el sentido
físico del término, sino en el espiritual». Y es que el artista llevaba una
pesada carga sobre los hombros: de niño vio morir a su madre y a una hermana y
solo un año antes de El grito, otra hermana había sido recluida en
un psiquiátrico por trastorno bipolar.
Cuando se pierde el horizonte y sobreviene el vacío, un
rasgo típico de esta época —sobre el que alertaba Gilles Lipovetsky—, solo
quedan dos opciones: o bien construir una nueva narrativa de sentido o
refugiarse en un catálogo de evasiones. El problema es que este catálogo «tapa
un agujero, pero no sacia la sed de sentido que late en el corazón de la
persona». Sobre todo, no sirve para eludir el final inexorable que a todos nos
aguarda. Ante la muerte, de nada sirve el espejismo de las evasiones, no se
puede «esconder la cabeza debajo del ala», porque la muerte «se impone con toda
su crudeza y resulta imposible ignorarla. La llegada de la dama fúnebre
aniquila toda esperanza humana». Visto así, habría que dar la razón a Sartre cuando
dice que la existencia es «una pasión inútil».
Torralba no habla de oídas. El zarpazo de la muerte —perdió
a un hijo en un accidente— puso en jaque al temple de su esperanza hace tres
años. Como ha contado en una entrevista, «lo difícil es tener esperanza cuando se
desmorona la vida cotidiana. Es entonces cuando se pone a prueba si eres una
persona con esperanza, entereza, serenidad o fe». En su caso se apoyó en la fe
en Dios y en la familia, y reflejó su vivencia en el libro No hay palabras. Asumir la muerte de un hijo.
En Anatomía de la esperanza, el filósofo se pregunta
«¿hay motivos reales para pensar que todo acabará bien?». Y ofrece dos opciones
que no son excluyentes: la esperanza en el género humano, en su moralidad y su
capacidad creativa, de suerte que «aunque la muerte interrumpa la vida
individual, no podrá quebrar el anhelo de la humanidad hacia un horizonte de
paz y plenitud». La segunda opción es la esperanza en un Dios que no sólo es
creador, sino que «no es indiferente al destino de los humanos» y «no los deja
en la estacada, sino que vela por ellos, de forma discreta pero fiel».
Torralba retoma la pregunta de Freud en El
malestar de la cultura, ¿vencerá eros, la fuerza vital, el
anhelo de crear y edificar o lo hará thanatos, el instinto de
muerte y destrucción? «Tener esperanza -—responde el autor— es creer que el
amor es más fuerte que la muerte, que la potencia edificadora del ser humano es
superior a su potencia corrosiva», pero advierte que no hay evidencias de ello,
solo «conjeturas, apuestas; en definitiva, fe».
El filósofo desarrolla este anclaje trascendente en la
segunda parte, titulada El susurro del espíritu, donde explica
que hay «una semilla de eternidad» en el hombre, que «se niega a ser
abatido por el dragón del desencanto». Se trata del espíritu, cuya metáfora más
adecuada es el viento: «sopla, limpia la atmósfera, aclara la visión, no se
deja encapsular, es el último baluarte de nuestra libertad» y nos hace
aspirar «a lo que es bello, verdadero, uno y bueno», si nos dejamos impulsar
por su soplo.
Compromiso: entrega de uno mismo a fondo perdido
Así entendida, la esperanza no es ingenuidad, tampoco se detiene
como la mujer de Lot en la nostalgia del pasado, ni es una «espera adormecida»,
como advertía Gabriel Marcel, sino que es capaz de transformar al mundo y a las
personas, pues existe «un hilo invisible que une la esperanza con la acción y,
por extensión, con la transformación».
Pero conlleva una exigencia: el compromiso, que es «la
traducción de la esperanza en hechos», «la entrega de uno mismo a fondo
perdido». Por desgracia, observa el autor, el compromiso ha perdido vigencia en
la sociedad actual, debido a la epidemia de desencanto. Sin embargo, subsiste
minoritariamente, «de forma callada y discreta, en muchas personas, sin hacer
ruido en las redes sociales ni exhibirse con un selfie»; un
compromiso «hecho de piedra picada que se nutre de la pequeña gran virtud de la
esperanza, en palabras de Charles Péguy».
La esperanza se construye sobre la paciencia, porque el
paciente «tolera el tiempo; sabe que debe atravesar un largo desierto antes de
obtener el objeto de su deseo». Lo ilustra con el ejemplo iluminador del Éxodo
bíblico: los israelitas se han sacudido el yugo egipcio, pero pasan
cuarenta años por el desierto, padeciendo calamidades. Algunos, nostálgicos del
cautiverio, querrán regresar, pero otros cultivarán la paciencia y
resistirán. Y quienes llegan a la tierra prometida no son quienes fueron
liberados sino sus hijos o sus nietos.
A veces surge lo inesperado: el perdón
La narración resulta sumamente inspiradora porque «las obras
bellas requieren tiempo». Es necesaria la paciencia porque en las travesías del
desierto que jalonan nuestra vida a veces «irrumpe lo inesperado, y no siempre
ha de ser lo negativo, también puede ser positivo y luminoso». Por ejemplo, el
perdón que es, por definición, inesperado. «El acto de perdonar no puede
predecirse —escribe Hanna Arendt— es la única acción que actúa de manera
inesperada». Ante una ofensa, quien la ha cometido espera una respuesta
violenta, el castigo o la venganza, lo sorprendente es que el ofendido no
devuelva mal por mal y nos perdone. «La vida a veces nos da un puñetazo;
pero otras veces nos acaricia» apostilla Torralba. Es otra razón para
despojarnos de los prejuicios negativos que nos condicionan y ser flexibles
ante los acontecimientos pues, como decía Laín Entralgo, es preciso «dar tiempo a lo real, esperar el
futuro con la confianza puesta en la realidad, que siempre merece crédito».
En cualquier caso, nos recuerda Torralba en el epílogo, con
palabras de Ernst Bloch, «los hombres pueden ser los guardagujas de su vida,
que no se ha decantado aún hacia la salvación, pero tampoco hacia la
perdición». Esto significa que «nuestro tiempo verbal es el gerundio y no
el participio» subraya el autor. Lo cual requiere rechazar la resignación y el
conformismo. El futuro no está escrito, ni está fatalmente determinado, pero
«la verdadera generosidad para con el futuro consiste en entregarlo todo en el
presente», como dejó dicho Albert Camus.
FRASES DESTACADAS
El hombre es capaz
de elevarse por encima de sí mismo
Como dice Max Scheler, el ser humano es el único que
puede elevarse por encima de sí mismo. Esto lo hace capaz de expresar ironía y
humor. Esa toma de distancia es la raíz de la libertad.
El ser humano es el ser que sabe decir No, el
asceta de la vida, el eterno protestante contra la mera realidad. Podemos decir
no a lo que exigen los instintos y trascenderlos para hacer realidad algún
ideal que consideremos noble.
Los profesores,
enfermos de esperanza
Un maestro sin esperanza es una contradictio in
terminis, una especie de oxímoron con dos piernas, porque la
condición sine qua non para serlo es confiar en que el discípulo
puede aprender.
«Un profesor es siempre —escribe George Steiner— un
enfermo de esperanza»
Y vale para todos los niveles y estamentos educativos. El
maestro confía en que el discípulo puede aprender, pero también en que él mismo
tiene la capacidad de transmitir aquello que sabe, lo que ha aprendido a lo
largo de su vida.
El anhelo de otro
mundo
El ciudadano se siente afligido por la multiplicidad de
noticias que muestran el drama del mundo. Siente la tentación de escapar hacia
una esfera imaginaria y olvidarse de la realidad, porque percibe que ésta es
demasiado pétrea para ser transformada. A pesar de todo, permanece en lo más
profundo de su corazón el anhelo de otro mundo.
Mientras este anhelo subsista hay motivos para la
esperanza
Cada nacimiento,
una rendija de esperanza
El hijo no es la mera prolongación de los genes de los
padres. Es un ser nuevo, único, diferente e irreemplazable, un universo de
posibilidades y de necesidades. El nacimiento de un niño abre una rendija a la
esperanza en el mundo. El recién nacido es una promesa para la humanidad
Diálogo entre
generaciones
¿Es posible transmitir la experiencia vivida para que el
diálogo entre generaciones sea posible? Se requieren dos condiciones previas.
Es necesario que el joven esté dispuesto a escuchar y aprender de quien sabe
porque ha vivido más. A esta disposición anímica se le llama humildad.
También es indispensable que la persona madura tenga la
generosidad de regalar su experiencia, de compartir lo que le ha sucedido y lo
que ha aprendido de las derrotas y frustraciones con las que ha tenido que
lidiar. A eso se le llama generosidad
Aprender de las
noches oscuras
Quien tiene esperanza cree que es posible aprender de los
errores, de los fallos históricos, de las noches oscuras de los tiempos
pasados. El desencantado, en cambio, cree que no aprendemos nada, que repetimos
el mismo gesto y que tropezamos con la misma piedra una y otra vez.
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Francesc Torralba (1967). Doctor en Filosofía, Teología y Pedagogía. Catedrático de Ética en la Universitat Ramon Llull. Miembro del Dicasterio para la Cultura de la Santa Sede.

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