NO QUIERO PROTEGER AL MEDIO AMBIENTE
Quiero un mundo en el que no tenga que ser protegidoHay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un
problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un
mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas.
Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización:
hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto
tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho
de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.
No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza.
El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado
la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los
montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales
aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en
cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie
productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar
reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una
parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y
no la gran matriz de la que dependemos.
Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se
conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere
la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va
más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No
dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay
que dejar de organizar el mundo contra la vida.
Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en
el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un
lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el
que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio,
en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas
salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres
y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente
más importante que la continuidad de todo lo demás.
La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya
no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil
e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba,
como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra
buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más
radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por
tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino en dejar de comportarnos
como fuerza de devastación.
Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética.
Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y
pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle
un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una
especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente
reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no
necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.
En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite
ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde
superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una
maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la
destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo
aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la
técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería
abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia
que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y
que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una
comunidad antigua de la que formamos parte.
Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta
con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una
secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si
luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del
título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad
enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos”
porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.
Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el
tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se
engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de
acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño,
junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda
algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar,
sino guardar silencio y tocar con respeto.
Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que
la Tierra necesita, más que administradores, habitantes decentes. Hemos
olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la
planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es
intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de
apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo
posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras
necesidades o de nuestros mercados.
Por eso, la frase no debería leerse como una consigna
ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral
mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una
sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no
convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea
apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los
provoque.
Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo
donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías
porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser
defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado
como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del
planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque
habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad
de la vida.
Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en
convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una
especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide
tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en
nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia
y verdad.
Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea
este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre
civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra
no tuviera que defenderse de nosotros.
David Næs - Voces de la
tierra sagrada

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