ESPAÑA TIENE TUMBAO
Salsa, bachata y
salud mental en la pista
En muchas ciudades de España, cuando cae el sol, la ciudad cambia de ritmo y las plazas y los parques se convierten en pistas de baile improvisadas donde los desconocidos se encuentran en la música latina.
En los últimos años, se ha detectado un
incremento en el interés por la danza y los bailes sociales. Barcelona es tan
solo un ejemplo. ¿Qué beneficios tiene el baile en el bienestar emocional de la
población?
Marta tiene 42 años. En 2025 atravesó una etapa complicada y, en medio de ese momento incierto, una muy buena amiga le dio un consejo que, sin saberlo, acabaría cambiándole la vida: la invitó a bailar en el Parque de la Ciutadella. «Al principio solo venía a mirar y disfrutaba de ver a la gente divirtiéndose tanto.
Tardé algunas semanas en animarme a salir a la pista, cuenta. Pasó de no saber bailar nada, a rotar con desconocidos con total naturalidad: «Aquí nadie pregunta de dónde vienes o a qué te dedicas. Solo si sigues el ritmo».Varios atardeceres a la semana, también en el Parc de les Glòries, un altavoz portátil empieza a sonar y, casi sin convocatoria formal, se forma un corro. Hay jóvenes de veintipocos, parejas de mediana edad, jubilados, mochileros y familias que juegan alrededor.
Cuando cae el sol sobre el asfalto, sea verano o
invierno, estos rincones de la ciudad condal se transforman en una pista de baile urbana en la que
suena salsa, bachata y algún que
otro merengue. Gratis. Al aire libre. Sin jerarquías.
Pero lo que ocurre allí no es un caso aislado. En distintos
puntos del país, academias e iniciativas comunitarias registran un aumento sostenido de participación en los
conocidos como bailes sociales. En Barcelona, el
colectivo Sin salsa no hay paraíso, organiza algunos de los
encuentros y sus responsables observan cómo influyen positivamente en la vida de aquellos que,
como Marta, asisten de forma regular. «El baile actúa como lenguaje común,
favoreciendo la integración y eliminando las barreras sociales», explica Ana
Renojo, portavoz del grupo.
De ritual cultural a
comunidad urbana
Parte de este auge tiene una explicación demográfica. En la
última década, España ha recibido un aumento significativo de población
procedente de América Latina, especialmente de países donde el baile forma parte central de la vida cotidiana,
como Colombia o Venezuela. Además, si observamos el caso de la capital
catalana, los últimos datos ofrecidos por el Ayuntamiento nos muestran una
tendencia similar: aproximadamente el 17% de la población empadronada en la
ciudad es latinoamericana.
Esas cifras corresponden a personas que traen consigo una historia y un bagaje cultural atravesado,
entre otras cosas, por la danza: la salsa, por ejemplo, que llegó a
esta ciudad con las migraciones de finales del siglo XX, funcionó durante años
como espacio de identidad para las
diásporas. Pero, con el tiempo, esos ritmos se expandieron y se
mezclaron con el público local hasta convertirse en un fenómeno popular.
Ana lo describe desde la experiencia directa: «Se genera una comunidad diversa y transversal,
donde coinciden distintas edades y culturas. Y observamos que, más allá del
ocio, el baile tiene un impacto claro en términos de bienestar y cohesión. Se
crean redes sociales reales: contactos,
amistades, colaboraciones e incluso apoyos mutuos». En su opinión,
el aumento de interés por los bailes sociales responde a una necesidad muy
actual: reconectar con el cuerpo, con la música y con los demás en un entorno físico compartido.
Lo que dice la
ciencia: bienestar, autoestima y conexión
El relato de quienes bailan no se alimenta solo de una sensación: la ciencia también lo
respalda. Una revisión sistemática publicada en Escritos de
Psicología concluye que la práctica de la danza mejora el bienestar
psicológico y la satisfacción vital en personas de distintas edades y culturas.
Los estudios analizados apuntan en la misma dirección: bailar reduce la ansiedad y los síntomas
depresivos, refuerza la autoestima y favorece la cohesión social.
En adultos mayores, además, el baile en pareja genera emociones como alegría y orgullo que
se prolongan más allá de la pista.
En cuanto a niños y adolescentes, mejora la regulación
emocional y el autoconcepto. Pero eso no es todo: incluso algunas
investigaciones han observado, durante sesiones de baile, cambios en neurotransmisores relacionados con el buen
estado de ánimo, como la dopamina y la serotonina.
Gimena González, psicóloga, explica que parte de estos
efectos se debe a que la
regulación emocional no ocurre solo a nivel mental, sino también corporal:
«El baile social integra movimiento rítmico, música y contacto interpersonal,
tres elementos que influyen
directamente en el sistema nervioso y en los procesos de activación
y regulación fisiológica». El ritmo coordinado, añade, puede ayudar a reducir el estrés y la ansiedad, mientras que
la actividad física favorece la liberación de neurotransmisores vinculados al
bienestar.
Además, en un contexto cada vez más digital, los bailes sociales recuperan algo que
escasea: interacción corporal directa y comunicación no verbal.
«La coordinación rítmica con otra persona genera una forma
de conexión implícita que no se
articula solo a través de la palabra», señala. Este tipo de sincronía
puede fortalecer la sensación de pertenencia y reducir la vivencia subjetiva de
aislamiento.
Mario, 34 años, empezó
a bailar en 2017. «Siempre me ha gustado muchísimo bailar. Empecé con
salsa y bachata porque eran los estilos que más me llamaban la atención»,
cuenta. Durante los primeros años solo asistía a clases; después comenzó a
acudir a sociales con regularidad. Ha tenido épocas más intensas y otras en las
que lo ha compaginado con otros hobbies.
Y sobre si el baile le ha ayudado a superar momentos
difíciles, es prudente: «Para afrontar situaciones complicadas me ha ayudado
más la introspección y apoyarme en amigos. Bailar sí ayuda a distraerse, pero no le daría tanto peso como
herramienta para superar algo muy duro». Aun así, reconoce beneficios
claros: «Cuando voy a bailar después de un día espeso, me ayuda a desconectar y
a sentirme más ligero y más feliz.
Son pequeños impulsos de bienestar».
Y Laura Medina, docente de danzas urbanas, está de acuerdo.
«He tenido malas rachas, malas épocas, como todo el mundo, y durante esas horas
que le dedicas al baile tu cerebro
logra dejar de lado los problemas y centrarse en aprender una técnica nueva,
un paso nuevo —o enseñarlo, en mi caso—», asegura.
En el parque, la música se apaga y el corro se deshace poco
a poco. Quedan conversaciones, risas y algunos números de teléfono
intercambiados antes de irse. Marta se pone la chaqueta. «No sé si bailo bien», dice, «pero me siento
mejor».
La semana que viene, probablemente, volverá.
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